Cuando las aldeas crecieron hasta convertirse en ciudades
Imagina que damos un salto temporal. Ya dejamos atrás la Prehistoria con sus primeros agricultores y ganaderos: ahora la gente no solo produce alimentos, ¡sino que le sobra tanto que empieza a especializarse! Unos hacen herramientas, otros comercian a lo lejos, surgen los jefes, los templos y, poco a poco, las aldeas se convierten en ciudades gigantescas.
¿Dónde se desmadró todo esto antes que en casi ningún otro sitio? En el sur de Mesopotamia, durante el IV milenio a. C.
Ahí tienes el epicentro: , una auténtica metrópolis para su época. Claro, gobernar semejante monstruo urbano —organizar montañas de grano, rebaños de ganado, ejércitos de trabajadores, tierras y ofrendas a los dioses— se convirtió en un auténtico dolor de cabeza logístico. ¡Ya no servía la memoria ni una simple marca! Y fue justo esa necesidad imperiosa de controlar y recordar tanta información la que hizo estallar la gran revolución: el nacimiento de los primeros sistemas de escritura.
Primeros sistemas de escritura en Mesopotamia
◇
c. 3400–3200a. C.
La Historia no arrancó de golpe en todo el planeta con un bocinazo oficial. Es verdad que la invención de la escritura marca la línea de salida convencional para dejar atrás la Prehistoria, pero la realidad fue mucho más gradual y diversa.
Mientras en los bulliciosos templos y palacios de las ciudades mesopotámicas los escribas ya apretaban sus punzones sobre tablillas de arcilla blanda para registrar cuentas, en muchísimas otras regiones del mundo la gente continuaba viviendo sin saber qué era una letra. Por eso el paso de una etapa a otra ni fue repentino ni ocurrió a la vez en todas partes: cada rincón del planeta marcó su propio ritmo.
Idea esencial
Las primeras civilizaciones no aparecieron de repente: fueron el resultado de miles de años de crecimiento demográfico, agricultura, excedentes, especialización, comercio y organización social.
Parte I
La tierra entre los ríos
Una región, no un solo reino
Empecemos por el nombre, que ya es toda una declaración de intenciones: Mesopotamia. Esta palabra viene del griego y significa, tal cual, “tierra entre ríos”. Y, efectivamente, hace referencia al cotizado valle encajonado entre dos auténticas arterias de la antigüedad: el Tigris y el Éufrates, aunque sus culturas terminaron expandiéndose mucho más allá.
Si miras un mapa actual, esta cuna de la civilización ocupaba lo que hoy es Irak, además de trozos de Siria y Turquía. ¡Eso sí, vivían bien flanqueados por murallas naturales! Al este tenían los imponentes montes Zagros, al norte las montañas de Anatolia, y al sur el golfo Pérsico (ojo, con una línea de costa que en aquella época hacía lo que le daba la gana y no era igual que ahora).
Los historiadores, para no perderse en este percal, dividen la región en dos bandos con personalidades totalmente opuestas:
Por un lado, la Alta Mesopotamia (al norte), más fresquita y con lluvias regulares en ciertas zonas. Años más tarde, aquí emergería con fuerza el temible imperio de Asiria.
Por otro lado, la Baja Mesopotamia (al sur), un secarral absoluto que obligaba a sus habitantes a sudar la gota gorda con la ingeniería de regadío. ¡Pues fue precisamente en este sur tan exigente donde nacieron las legendarias regiones de Sumer y Acad!
Idea esencial
Mesopotamia fue una región geográfica y cultural, no un Estado único. A lo largo del tiempo estuvo dividida entre ciudades, reinos e imperios diferentes.
Una civilización construida alrededor del regadío
El sur de Mesopotamia era un chollo de tierra fértil gracias al sedimento que el Tigris y el Éufrates soltaban durante milenios. El problemón era que llover, lo que se dice llover, caían cuatro gotas mal contadas. ¡Imposible sacar adelante una cosecha sin inventar algo!
Así que a los paisanos no les quedó otra que convertirse en fontaneros de élite. ¡A cavar canales, diques, acequias y zanjas de drenaje a lo loco para desviar el agua! Claro, organizar una obra civil de esa magnitud requería que todo el mundo remara en la misma dirección, obedeciendo a rajatabla a las autoridades.
¿Qué sembraban? Sobre todo cebada (que aguantaba los suelos salados como una campeona), además de legumbres, verduras y palmeras datileras que eran mano de santo para el postre. Y para redondear el menú: ganadería, pesca en los ríos y productos de las marismas.
Pero ser los reyes del agua tenía su letra pequeña. Un canal mal cuidado reventaba por donde menos te lo esperabas, una crecida inoportuna te arruinaba el año y el sol rajaba la tierra llenándola de salitre. Además, el cotilleo local era claro: quien controlaba el agua y los canales, controlaba el grano... y el que tenía el grano, mandaba en la ciudad.
Idea esencial
La agricultura mesopotámica dependía del control del agua. Los canales permitieron grandes excedentes, pero también crearon tensiones por tierras, riegos y fronteras.
Parte II
Sumer y el nacimiento de las ciudades
La ciudad tuvo una larga preparación
Mucho antes de que montara el numerito de la gran ciudad, la gente del sur ya llevaba siglos ensayando el truco: canales, cerámica fina y aldeas organizadas. A esta época la llamamos la cultura de El Obeid (entre el VI y el V milenio a. C.).
En sitios como tenían una paciencia infinita: tiraban el templo viejo y construían uno nuevo exactamente encima, siglo tras siglo. No eran ciudades propiamente dichas, pero el gusanillo de mandar, organizarse y juntarse en comunidad ya estaba desatado.
Cuando llegó la época de Uruk, la población explotó. Por eso, más que un invento milagroso de la noche a la mañana, la ciudad fue una receta cocinada a fuego muy lento.
Idea esencial
Uruk fue una revolución urbana, pero se apoyó en varios milenios de agricultura, asentamientos permanentes y organización colectiva.
Cuando una aldea dejó de ser una aldea
Periodo de
◇
c. 4000–3100a. C.
Durante el IV milenio a. C., el sur pegó un estirón demográfico que dejó a todo el mundo con la boca abierta. La estrella absoluta era Uruk, una auténtica megalópolis de adobe que ponía los pelos de punta.
Una ciudad de estas características ya no era una simple aldea con más vecinos. Era un hormiguero gigante con templos descomunales, almacenes llenos hasta los topes, talleres artesanos de primera y redes comerciales que traían productos exóticos desde el quinto pino.
Aquí nació el paraíso de la especialización laboral. Ya no hacía falta que cada uno se labrara su trigo y se remendara sus sandalias: ¡había profesionales para todo! Sacerdotes, escribas, comerciantes, alfareros y jefazos.
A este sarao histórico lo llamamos la revolución urbana: un proceso gradual impulsado por el éxito agrícola, los excedentes de comida y las ansias de organización.
Idea esencial
La ciudad transformó la vida humana porque concentró población, oficios, poder, religión, comercio y administración en un mismo espacio.
Cuando la memoria necesitó ayuda
¿Cómo demonios controlas miles de cabezas de ganado, montañas de grano y cuadrillas enteras de trabajadores sin que las cuentas acabasen pareciendo un conjuro contable? Al principio tiraban de memoria, pero llegó un punto en el que la cosa era inmanejable. ¡Y así nació el invento del siglo: la escritura!
En empezaron a estampar marcas sobre tablillas de arcilla blanda para llevar las cuentas claras. Con el tiempo, esos dibujitos se volvieron más estilizados y sofisticados, sirviendo para registrar nombres, acciones y contratos.
El truco consistía en usar un punzón de caña (cálamo) para clavar la arcilla fresca, dejando unos trazos en forma de cuña que dieron nombre a la famosa escritura cuneiforme.
¡Ojo con confundir conceptos! El sumerio era la lengua que hablaban, mientras que el cuneiforme era el sistema de escritura que, años más tarde, usarían también para redactar en acadio y otros idiomas de la zona.
¿Quiénes escribían?
Escribir no era apto para vagos; era un gremio de élite. Los escribas se tiraban años en la escuela aprendiendo a manejar los signos, haciendo cuentas imposibles y redactando contratos. Con el tiempo, además de llevar la contabilidad del Estado, se convirtieron en los guardianes de los mitos, las leyes y la alta literatura.
Idea esencial
La escritura nació ligada a las necesidades de administración de sociedades complejas y después se convirtió en una herramienta para conservar leyes, conocimientos, literatura y religión.
Un mundo dividido en ciudades independientes
Periodo Dinástico Temprano
◇
c. 2900–2350a. C.
Durante el III milenio a. C. ni existía un país unificado ni se conocía el concepto. El sur era un tablero de juego repleto de ciudades-Estado independientes: cada una con su capital amurallada, sus campos de cultivo, sus divinidades protectoras y sus propias ambiciones políticas.
Ciudad
Importancia
Divinidad destacada
Gran centro urbano y religioso del sur
Inanna y An
Centro político y comercial de gran importancia
Nanna
Potencia regional del sureste de Sumer
Ningirsu
Ciudad rival de Lagash por territorios fronterizos
Shara
Gran centro religioso, prestigioso incluso sin dominar políticamente toda Sumer
Enlil
Antiquísimo centro religioso del sur
Enki
Estas ciudades comerciaban pacíficamente cuando interesaba, pero también se enzarzaban en guerras encarnizadas por el poder. Al frente de ellas gobernaban personajes con títulos como ensi o lugal, dispuestos a recortar las barbas al vecino a la mínima oportunidad.
Idea esencial
Sumer no fue un país unificado, sino un conjunto de ciudades-Estado que compartían lengua y tradiciones culturales, pero defendían intereses propios.
Parte III
Sociedad, economía y religión
¿Quién mandaba?
Antiguamente se pensaba que los templos controlaban absolutamente todo en solitario, pero hoy sabemos que el pastel del poder estaba muy repartido: templos, palacios reales, élites locales y administradores se repartían el cotarro.
Mientras los templos acumulaban riquezas sagradas, los palacios y reyes fueron ganando protagonismo absoluto en la guerra, la justicia y la diplomacia.
Gobernar todo aquello exigía un ejército de burócratas armados con tablillas para repartir raciones, supervisar obras y asegurarse de que nadie se escaqueaba de pagar tributos.
Idea esencial
El poder mesopotámico no dependía de una sola institución: templo, palacio, élites y administración participaron de formas distintas según cada época y ciudad.
No todos vivían de la misma manera
La sociedad mesopotámica era una pirámide social en toda regla: arriba del todo mandaban los reyes y las altas esferas religiosas; en el medio se buscaban la vida escribas, comerciantes y artesanos; y abajo del todo estaba el campesinado, sosteniendo el invento a golpe de azada.
La tierra pertenecía a los grandes templos o palacios, existiendo contratos de arrendamiento y deudas asfixiantes. También existía la esclavitud, aunque nada tiene que ver con los horrores modernos: se entraba por deudas o capturas de guerra y las normas variaban según los siglos.
Las mujeres
Aunque vivían en una sociedad patriarcal donde los varones mandaban por ley, las mujeres mesopotámicas tenían margen de maniobra: podían gestionar negocios, comprar y vender bienes, trabajar en talleres textiles o ejercer como sacerdotisas influyentes.
Idea esencial
La urbanización produjo una sociedad muy especializada, pero también profundizó las diferencias de riqueza, prestigio y poder.
Una economía agrícola conectada con regiones lejanas
El motor económico se basaba en el tándem de agricultura y ganadería. La cebada era el alimento rey, mientras los rebaños masivos de ovejas proporcionaban lana a borbotones, alimentando una potente industria textil.
A muchos trabajadores se les pagaba en raciones de comida o aceite. La plata circulaba como medida de valor, aunque todavía no existían monedas acuñadas que pudieras echar tintineando sobre el mostrador.
¿El gran problema de la región? Que les sobraba barro y cañas, pero no tenían piedra, madera en condiciones ni metales. ¿Cómo lo solucionaron? Montando unas rutas comerciales brutales que conectaban Mesopotamia con Anatolia, Irán y el golfo Pérsico para traer todo lo que les faltaba.
Idea esencial
La escasez de materias primas impulsó redes comerciales que conectaron Mesopotamia con buena parte del Próximo Oriente y Asia occidental.
Un mundo en el que lo divino estaba presente en la vida cotidiana
Antes de los dioses: cuando el mundo era un puñetero caos mental
La religión no apareció un martes a las cinco de la tarde porque a alguien que estaba aburrido le dio por decir:
«Chicos, se me ha ocurrido inventar a los dioses para amenizar la tarde».
Fue un proceso bastante más largo y, sobre todo, marcado por el miedo, la incertidumbre y la necesidad de explicar cosas que nadie entendía.
Imagina vivir hace miles de años sin ni idea de por qué un rayo te reventaba la cabaña,
por qué el vecino caía fulminado por una fiebre rara,
por qué el río arrasaba con todo
o por qué el Sol decidía apagarse de repente en medio de un eclipse.
Hoy abres Google, le preguntas a Siri o buscas un manual, y salvas el día.
Ellos no.
Ellos tenían frío, miedo y cero explicaciones científicas.
Así que tiraron del recurso más humano del mundo:
montarse una explicación para que el caos tuviera algún sentido.
Quizá había alguien cabreado detrás de la tormenta.
Quizá el río tenía voluntad propia.
Quizá los muertos seguían pululando por ahí.
Quizá existían fuerzas invisibles con la capacidad de protegerte o de joderte la cosecha de manera creativa.
Poco a poco, esas ideas se mezclaron con rituales,
con el respeto —y probablemente también el miedo— a los antepasados
y con tradiciones compartidas por el grupo.
Muchísimo después, cuando la peña se juntó en grandes aldeas y ciudades,
esas fuerzas invisibles empezaron a tener nombre,
genealogías de telenovela,
movidas de oficina
y una mala leche monumental.
Y así, amigos, es como nacieron los dioses.
Y aquí es donde entra el clásico cuñado del misterio que nunca falta en una cena.
Hay quien defiende con absoluto fervor que esos dioses no eran más que extraterrestres
con una tecnología tan avanzada que a los sumerios se les fundieron los plomos intentando procesarlo.
La teoría tiene su puntazo:
naves espaciales,
conocimientos imposibles,
tíos bajando del cielo
y un sumerio mirando hacia arriba pensando:
«Pues vale... este claramente manda y yo no voy a discutirle nada».
El pequeño inconveniente es que,
por muy cinematográfica que sea la idea,
las evidencias arqueológicas e históricas brillan por su ausencia.
Lo que sí tenemos son miles de tablillas,
mitos,
himnos
y el equivalente mesopotámico a listas de la compra:
raciones,
cebada,
ganado,
entregas
y cuentas.
Y todo eso nos muestra cómo entendían los propios mesopotámicos a sus divinidades:
ligadas a la naturaleza,
al poder,
a la fertilidad,
a la justicia,
a las ciudades
y al orden del mundo.
Un reflejo de su propia sociedad, pero a lo bestia.
Tampoco aparecieron de la nada con naves espaciales:
sus creencias evolucionaron durante siglos,
se mezclaron,
mutaron
y se adaptaron,
igual que sus ciudades y sus lenguas.
Eso sí:
si algún día desenterramos una tablilla en la que se lea textualmente
«Enki llegó ayer en una nave brillante y nos pidió encarecidamente que no tocáramos el reactor nuclear»,
prometemos rectificar de inmediato.
Hasta que eso pase,
nos quedamos con la historia real,
que es igual de fascinante y, al menos, no depende de la nave nodriza.
En Mesopotamia, aquella forma de entender el mundo acabó convirtiéndose en un sistema religioso complejísimo.
Los mesopotámicos eran politeístas convencidos:
creían en una pandilla larguísima de dioses encargados de mandar tormentas,
fertilidad,
pestes,
justicia
y guerras.
Divinidad
Asociación principal
Centro destacado
Inanna / Ishtar
Amor, deseo, poder y guerra
An / Anu
Cielo
Uruk
Enlil
Gran autoridad divina, viento y soberanía
Enki / Ea
Agua dulce, sabiduría e ingenio
Utu / Shamash
Sol y justicia
y Larsa
Nanna / Sin
Luna
Nisaba
Escritura, grano y conocimiento
Varios centros sumerios
Los templos funcionaban como las residencias de los dioses en la tierra,
donde se les servían banquetes rituales diarios.
Además, los sacerdotes practicaban todo tipo de artes adivinatorias
—como estudiar las estrellas o las vísceras de animales—
para intentar averiguar las intenciones divinas.
Templo y zigurat no son lo mismo
Un zigurat era esa enorme torre escalonada asociada al templo,
pero los colosos de ladrillo que todos tenemos en mente pertenecen sobre todo a épocas imperiales posteriores.
¡Las aldeas y ciudades más antiguas no tenían monstruos así desde el primer día!
Idea esencial
La religión mesopotámica formaba parte de la política,
la economía,
la justicia
y la vida cotidiana;
no era una esfera separada del resto de la sociedad.
Cómo vivía una persona hace más de cuatro mil años
Las casas se construían con adobe (barro y paja secados al sol), un material económico pero que te obligaba a darles repaso constante cada vez que llovía con furia. Las viviendas se organizaban alrededor de un patio interior para huir del calor asfixiante.
En la mesa mandaba el pan de cebada, las lentejas, los dátiles y el pescado. ¿Y para beber? ¡La cerveza era el combustible diario de la población!
La familia era el núcleo legal y económico, con contratos de matrimonio y adopción registrados en arcilla. Las dolencias se trataban combinando remedios caseros con oraciones y rituales mágicos.
Idea esencial
Mesopotamia no fue solo una historia de reyes y guerras: millones de personas cultivaron, trabajaron, criaron hijos, comerciaron, celebraron fiestas y afrontaron problemas cotidianos muy parecidos a los de otras sociedades humanas.
Parte IV
La guerra entre ciudades
Por qué combatían las ciudades sumerias
Las guerras entre ciudades estallaban por lo de siempre: tierras, agua y rutas comerciales. Una ciudad miraba lo que tenía la vecina, pensaba «uy, eso lo quiero yo» y, ¡hala!, a pelearse. En el sur de Mesopotamia, controlar un canal podía decidir quién recogía una buena cosecha y quién se quedaba mirando cómo se secaba el campo.
Cuando las discusiones dejaban de resolverse hablando —cosa que ocurría con bastante frecuencia—, salían los ejércitos con lanzas, hachas y unos escudos tan pesados que aquello de combatir ligero todavía no lo tenían muy estudiado. Avanzaban en formaciones cerradas de infantería, bien pegaditos para protegerse, mientras las ciudades levantaban murallas enormes con un mensaje bastante claro: «Aquí no entra nadie sin permiso».
contra
El salseo histórico perfecto lo protagonizaron las vecinas Lagash y Umma, enzarzadas durante generaciones en una guerra interminable por una franja de tierra fronteriza llamada Gu'edena.
El rey Eannatum de Lagash inmortalizó su victoria en la famosa Estela de los Buitres, un monumento donde se ve a sus tropas masacrando al enemigo bajo la bendición del dios Ningirsu.
Esto demuestra que la política y la religión iban cogidas de la mano: las ciudades justificaban sus guerras creyendo que sus propios dioses las guiaban a la victoria.
Idea esencial
Las guerras sumerias estuvieron relacionadas con el control de recursos, fronteras y prestigio, y se justificaban también mediante la religión.
Parte V
Acad: del mundo de ciudades al imperio
La construcción de un gran poder territorial
Inicio tradicional del reinado de Sargón
◇
c. 2334a. C.
En el siglo XXIV a. C. irrumpió en escena Sargón de Acad, un tipo cuyos orígenes estaban tan adornados de leyendas que parece que su equipo de prensa y propaganda trabajaba triplicando turnos.
Según un salseo biográfico escrito siglos más tarde, su madre lo metió de bebé en una cesta de juncos y lo abandonó a su suerte en el río, de donde lo rescató un jardinero. Sí, el argumentario clava el mito de Moisés. Pero como el texto es tardío, los historiadores lo miran con la misma desconfianza con la que escuchamos la entrevista de un famoso en un programa de salseo.
Lo que sí parece claro es que Sargón no pertenecía a una gran
dinastía real. Consiguió abrirse camino hasta convertirse en
copero del rey de , un cargo que tenía bastante más de
hombre de confianza del monarca que de camarero paseándose
con una bandeja.
En algún momento decidió que servir a otros estaba bien, pero
mandar él estaba muchísimo mejor. Dicho y hecho: pegó el golpe, levantó una nueva capital llamada —cuyas ruinas todavía hoy estamos buscando— y empezó a fundar el imperio a base de conquistar a sus vecinos sumerios.
Su gran rival fue Lugalzagesi, gobernante de
y dueño provisional de buena parte del sur mesopotámico.
Sargón lo derrotó y, según las inscripciones, lo llevó
encadenado hasta la puerta del templo de Enlil en .
La sutileza diplomática no era precisamente el fuerte de
aquella gente.
Hasta entonces, las ciudades sumerias llevaban siglos
aliándose, comerciando y dándose palos por tierras, canales y
rutas comerciales. Sargón cambió la escala del asunto: ya no
quería derrotar a la ciudad vecina, llevarse el botín y volver
a casa, sino reunir numerosos territorios bajo una autoridad
permanente.
Sus campañas alcanzaron gran parte de Mesopotamia y extendieron
su influencia hacia Siria y las rutas comerciales que
comunicaban con Anatolia y el golfo Pérsico. Por eso el
Imperio acadio se lleva el título oficial de primer gran imperio de la historia.
Eso sí, nada de imaginárselo como un Estado moderno con
fronteras perfectamente dibujadas y funcionarios rellenando
formularios por todas partes. Era más bien una red de ciudades
sometidas, gobernadores, guarniciones y pueblos obligados a
entregar tributos, mientras el ejército imperial se encargaba
de recordar quién mandaba allí.
Dos lenguas compartiendo tablillas
Los acadios hablaban acadio, una lengua
semítica emparentada lejanamente con otras lenguas del Próximo
Oriente. Los sumerios, en cambio, hablaban
sumerio, una lengua que todavía no hemos
podido relacionar con ninguna familia lingüística conocida.
Eran idiomas completamente diferentes, pero convivieron
durante siglos.
Los acadios adoptaron la escritura cuneiforme desarrollada en
el ámbito sumerio y la adaptaron a su propia lengua; algo así como coger un teclado configurado en otro idioma y apañárselas a base de parches sobre la marcha.
El lenguaje sumerio tampoco se esfumó de la noche a la mañana. Aunque la gente ya no lo usaba para hablar en la calle, sobrevivió en templos y escuelas de escribas como idioma de élite, exactamente igual que ocurriría siglos después con el latín en Europa.
Soldados, gobernadores y una hija muy importante
Sargón no se limitó a colocar soldados en cada esquina.
Conservó parte de la administración sumeria, situó personas de
confianza al frente de ciudades estratégicas y utilizó la
religión para reforzar su autoridad.
Su hija Enheduanna fue enchufada como alta sacerdotisa
del dios lunar Nanna en . La jugada unía políticamente el norte acadio
con el sur sumerio, pero ella debió de pensar que no estaba allí solamente
para dirigir rezos y quedar bonita en las ceremonias. En plan «yo estoy
aquí porque lo valgo», compuso sus propios himnos religiosos y dejó su
nombre escrito en ellos. Gracias a eso, hoy la recordamos como la primera
autora de la historia cuyo nombre conocemos.
Mientras el padre conquistaba a golpe de lanza, la hija triunfaba componiendo himnos con un cálamo y arcilla. En aquella familia todos sabían cómo dejar huella.
El sistema imperial funcionaba, pero tenía una pequeña pega:
muchas ciudades obedecían porque había un ejército cerca, no
porque estuvieran encantadas con la idea. Las revueltas estallaban a la mínima de cambio y cada monarca tenía que sudar la camiseta para mantener el chiringuito en pie.
Gobernar aquel territorio era como intentar sujetar un montón
de gatos enfadados dentro de la misma cesta: en cuanto
aflojabas la mano, cada uno salía disparado en una dirección.
Idea esencial
Sargón convirtió la conquista ocasional de ciudades en un
proyecto de dominio permanente. Para sostenerlo necesitó
ejército, gobernadores, tributos, escribas y una hábil
alianza entre poder político y religión.
El poder imperial llevado al extremo
Uno de los herederos más carismáticos fue su nieto
Naram-Sin, que reinó aproximadamente entre
2254 y 2218 a. C. y decidió llevar el ego imperial a cotas insospechadas.
Nada más sentarse en el trono tuvo que sofocar una enorme rebelión
encabezada por varias ciudades. Tras vencerlas, amplió sus
campañas militares y adoptó el título de
“rey de las cuatro regiones”, una manera
bastante elegante de decir: “Todo lo que merece la pena
gobernar en el mapa es mío”.
Su célebre estela de la victoria lo representa ascendiendo por
una montaña después de derrotar a los lullubi. Naram-Sin
aparece más grande que el resto de las figuras, pisando a sus
enemigos y llevando un casco de cuernos, un atributo que hasta
entonces estaba reservado a los dioses.
Ya no se conformaba únicamente con ser un rey protegido por las
divinidades: se proclamaba él mismo
dios viviente. Modestia, la justa.
Cuando el imperio empezó a hacer aguas
El problema es que declararse divinidad suprema no llenaba los graneros ni frenaba las conspiraciones. En cuanto murió Naram-Sin, el poder central flojeó y conservar semejante territorio se volvió cada vez más complicado.
Las ciudades cautivas vieron la ocasión para sublevarse, las disputas sucesorias desangraron el palacio y las rutas comerciales perdieron seguridad. A todo esto
se sumó la presión de distintos grupos procedentes de los
montes Zagros, especialmente los guteos.
Los textos mesopotámicos posteriores presentaron a los guteos
como unos bárbaros que bajaron de las montañas que arrasaron con todo. Conviene coger esa versión con pinzas: cuando un imperio se hunde, a sus escribas siempre les viene de perlas culpar de todos los males a los invasores de fuera.
¿También intervino el clima?
Algunos investigadores relacionan la crisis con una etapa de
mayor aridez conocida como el
evento climático de hace 4.200 años. La
reducción de las lluvias pudo perjudicar especialmente a las
regiones del norte, donde muchas cosechas dependían más del
agua que caía del cielo que de los grandes sistemas de regadío
del sur.
Si las cosechas disminuyeron, mantener ciudades, ejércitos,
guarniciones y redes de tributos debió de convertirse en una
pesadilla. Sin comida suficiente no hay impuestos, sin
impuestos no hay soldados y sin soldados las ciudades
sometidas empiezan a pensar: “Pues igual este es un buen
momento para dejar de obedecer”.
Aun así, no podemos señalar a la sequía y cerrar el caso como
si fuéramos detectives resolviendo el misterio en cinco
minutos. Los historiadores continúan discutiendo cuánto influyó
realmente el clima y qué ocurrió en cada región.
Lo más probable es que el Imperio acadio no cayera por una
única causa, sino por un cóctel bastante poco recomendable:
dificultades económicas, rebeliones, disputas políticas,
ataques exteriores y, posiblemente, varias temporadas de
malas cosechas.
Hacia finales del siglo XXII a. C., el Imperio acadio había
dejado de existir como gran potencia. Pero eso no significa
que todo lo acadio desapareciera de repente ni que Mesopotamia
pulsara el botón de reinicio.
Su lengua, sus métodos administrativos y su modelo de monarquía
imperial continuaron influyendo durante siglos. Sargón había
demostrado que un gobernante podía aspirar a controlar mucho
más que una sola ciudad y, desde entonces, a los reyes
mesopotámicos les costaría muchísimo quitarse esa idea de la
cabeza.
Idea esencial
El Imperio acadio no se desplomó de golpe ni por una única
causa. Su caída fue el resultado de varios problemas que
se alimentaron entre sí: inestabilidad política, rebeliones,
dificultades económicas, presión exterior y posibles
cambios climáticos.
Parte VI
Ur III y el último gran reino sumerio
Administrar un reino mediante miles de tablillas
Tercera Dinastía de
◇
c. 2112–2004a. C.
Mesopotamia entra en modo «aquí manda quien pueda»
Tras la caída del Imperio acadio, Mesopotamia entró en modo
«aquí manda quien pueda». Los guteos, llegados desde
los montes Zagros, dominaron parte del territorio, mientras las ciudades
recuperaban su independencia y sus gobernantes volvían a la vieja
costumbre de pelearse por ver quién se quedaba con el trozo más grande
del pastel.
Los escribas posteriores describieron aquella etapa como una catástrofe
monumental: los guteos habrían bajado de las montañas, arrasado el país
y dejado todo hecho unos zorros. Pero conviene no tragarse la película
completa. Los textos fueron escritos por sus enemigos y ya sabemos cómo
funciona esto: cuando algo sale mal, la culpa es del bárbaro de fuera,
del clima o del anterior gobierno. De uno mismo, poquísimas veces.
Hacia finales del siglo XXII a. C.,
Utu-hengal de derrotó al rey guteo Tirigan y se
presentó como el gran libertador de Sumer. No pudo disfrutar demasiado
del triunfo, porque murió pocos años después.
Entonces apareció Ur-Nammu, relacionado con la ciudad
de Ur, contempló aquel festival de ciudades descontroladas y debió de
pensar: «Muy bonito todo, pero aquí hace falta alguien que ponga un poco
de orden. Casualmente, yo».
Así nació la Tercera Dinastía de Ur, conocida como
Ur III, que gobernó aproximadamente entre 2.112 y
2.004 a. C. Ur-Nammu reunió buena parte del sur mesopotámico y convirtió
Ur en el centro de un Estado poderoso.
Pero conquistar territorios solo era el principio. Luego había que
administrarlos, cobrar impuestos, reparar canales, organizar
trabajadores y conseguir que las provincias obedecieran sin tener que
mandarles un ejército cada martes.
El gran zigurat de Ur
Ur-Nammu reconstruyó templos, restauró ciudades y puso en
marcha grandes obras públicas. Con ello mejoraba el
funcionamiento del reino, daba trabajo a cuadrillas enteras de
obreros y, de paso, anunciaba a todo el mundo que los dioses
estaban encantadísimos con su reinado. Todo ventajas.
Su obra más famosa fue el gran zigurat de Ur,
dedicado al dios lunar Nanna. En aquella época no era una ruina
parcialmente reconstruida para que la fotografiemos desde todos
los ángulos, sino el corazón de un enorme recinto sagrado con
templos, patios, almacenes, talleres y dependencias
administrativas.
El zigurat dominaba la ciudad como una montaña de ladrillos y
dejaba bastante claro que el rey, los sacerdotes y los dioses
no jugaban en la misma liga que el vecino que llevaba toda la
mañana descargando sacos de cebada.
Unas leyes anteriores a las de Hammurabi
A Ur-Nammu también se le atribuye uno de los
cuerpos legales más antiguos conocidos, redactado
varios siglos antes que el famoso código de Hammurabi. Solo se
conservan fragmentos, pero sabemos que sus leyes trataban asuntos como
los daños físicos, el matrimonio, la esclavitud, los delitos y las
compensaciones económicas.
Eso sí, no convirtamos a Ur-Nammu en defensor de los derechos humanos
antes de tiempo. Aquella sociedad seguía siendo profundamente desigual
y la pena dependía mucho de quién eras y a quién habías perjudicado.
Aun así, resulta llamativo que numerosas infracciones se resolvieran
pagando plata en lugar de cortar manos, arrancar ojos o dejar que el
verdugo sacara su lado creativo.
En el prólogo de sus leyes, Ur-Nammu afirmaba que había establecido la
justicia y protegido a los débiles frente a los poderosos. Naturalmente,
eso lo decía él sobre sí mismo. Los reyes antiguos ya dominaban ese
maravilloso género literario llamado «soy estupendo y mi pueblo tiene
muchísima suerte de tenerme».
Shulgi, el superrey que sabía hacer de todo
Tras la muerte de Ur-Nammu lo sucedió su hijo
Shulgi, que reinó durante casi medio siglo. Si
Ur-Nammu había construido la máquina, Shulgi decidió instalarle más
ruedas, más palancas y un escriba en cada esquina para apuntar quién
tocaba qué.
Reformó el ejército, mejoró las comunicaciones, reorganizó los
impuestos y reforzó el control sobre las provincias. También se
proclamó dios, porque después de ver lo bien que le había quedado a
Naram-Sin, ser únicamente rey debía de parecerle un cargo un poco soso.
Shulgi presumía de ser fuerte, culto, buen guerrero, excelente músico,
experto escriba y corredor de fondo. Básicamente, el típico compañero
que hace de todo, lo hace todo bien y además encuentra un momento para
contártelo.
En uno de sus himnos aseguraba haber recorrido en un solo día la enorme
distancia entre y Ur para participar en dos festivales
religiosos. Puede que el relato esté un pelín adornado: los reyes no
solían pagar a los escribas para que contaran que llegaron tres días
tarde, con agujetas y preguntando si quedaba algo de comer.
El mensaje, en cualquier caso, estaba claro. Shulgi quería presentarse
como un gobernante extraordinario capaz de aparecer en cualquier rincón
del reino antes de que a sus funcionarios les diera tiempo a esconder
las cuentas.
Si una oveja estornudaba, alguien lo apuntaba
Para administrar el territorio, los reyes de Ur III lo dividieron en
provincias gobernadas por funcionarios. Las provincias entregaban
impuestos, ganado, grano, tejidos y trabajadores. El palacio y los
templos recibían los productos, los almacenaban, los repartían y, sobre
todo, lo apuntaban absolutamente todo.
Se registraban las cosechas, los rebaños, las raciones, los terrenos,
los tejidos, las jornadas de trabajo y cada entrada o salida de los
almacenes. Si una oveja estornudaba cerca de Ur, probablemente ya había
un escriba afilando el cálamo para dejar constancia en una tablilla.
Gracias a aquella obsesión administrativa nos han llegado
decenas de miles de tablillas. Muchas contienen textos
tan apasionantes como «se entregaron diez cabras», «salieron veinte
medidas de cebada» o «este hombre recibió su ración de aceite».
No parece material para una película de aventuras, pero para los
historiadores es oro puro: esos documentos permiten reconstruir el
funcionamiento cotidiano del reino con un detalle que ya quisieran
muchas épocas posteriores.
El sistema bala: cuando te toca pagar, te toca pagar
Uno de sus mecanismos fiscales fue el sistema conocido como
bala. Las provincias debían aportar por turnos ganado
y otros productos para mantener al Estado, los templos, la corte y el
ejército.
Era una rueda de impuestos: cuando te tocaba, entregabas lo acordado y
a callar. Esconder tres ovejas detrás de casa podía parecer una idea
brillante, hasta que aparecía un inspector acompañado por dos escribas
y una tablilla con tus cifras del año anterior.
Toda esta maquinaria convirtió a Ur III en uno de los Estados más
centralizados de la antigua Mesopotamia. Pero también exigía una
cantidad enorme de alimentos, materiales y mano de obra.
Los templos y palacios dirigían grandes explotaciones agrícolas y
organizaban cuadrillas de trabajadores que recibían raciones por sus
servicios. Dentro del sistema convivían funcionarios poderosos,
sacerdotes, comerciantes, soldados, campesinos, artesanos, trabajadores
dependientes y esclavos.
Todos formaban parte de la misma maquinaria, pero algunos iban sentados
cerca de las palancas y otros eran quienes empujaban mientras
preguntaban cuánto faltaba para la hora de comer.
Cuando las cuentas dejaron de salir
Durante un tiempo, el invento funcionó estupendamente. El problema
apareció cuando mantener aquella burocracia, proteger las fronteras y
alimentar al ejército empezó a costar más de lo que el reino podía
soportar.
Aumentaron las incursiones de grupos amorreos, surgieron conflictos
internos, hubo problemas agrícolas y los elamitas comenzaron a ejercer
presión desde el este.
Los últimos gobernantes llegaron a construir una larguísima muralla
para contener a los grupos procedentes del noroeste. Una solución
clásica de gobernante agobiado: «¿Que viene gente y tenemos un
problema? Pues levantamos un muro enorme. Después ya pensamos el resto».
La muralla no obró el milagro. Hacia 2004 a. C., los elamitas
conquistaron Ur y se llevaron prisionero a su último rey,
Ibbi-Sin.
La caída fue tan traumática que inspiró varias lamentaciones en las que
la ciudad aparece abandonada por los dioses, destruida por la guerra y
llena de sufrimiento. Esta vez los escribas no estaban precisamente
para soltar chascarrillos.
Así terminó la Tercera Dinastía de Ur, pero no todo lo que había
creado. Su administración, sus escuelas de escribas, sus leyes y su
forma de entender el poder continuaron influyendo en los reinos
posteriores.
Ur III desapareció, pero dejó detrás montañas de tablillas que todavía
parecen susurrarnos: «De acuerdo, el imperio se hundió… pero las cuentas
estaban perfectamente apuntadas».
Idea esencial
La Tercera Dinastía de Ur reconstruyó el poder del sur
mesopotámico mediante grandes obras, leyes y una administración
obsesionada con registrarlo todo. El reino terminó cayendo, pero
sus escribas nos dejaron las cuentas tan bien apuntadas que hoy
podemos estudiarlo casi grano de cebada por grano de cebada.
Parte VII
Babilonia y Hammurabi
De ciudad secundaria a dueña del cotarro
Reinado de Hammurabi, cronología media tradicional
◇
1792–1750a. C.
Cuando todavía no impresionaba a nadie
A comienzos del II milenio a. C.,
Babilonia no era todavía la ciudad legendaria
de las murallas gigantescas y los templos capaces de dejar al
personal con la boca abierta. Comparada con , , Isin,
Larsa o , jugaba en tercera división.
Llevaba siglos existiendo, sí, pero nadie habría apostado una
cabra por ella en las quinielas de futuras superpotencias. Era
la típica concursante a la que nadie hace caso hasta que
empieza a eliminar favoritos y todos preguntan: «Perdona,
¿esta de dónde ha salido?».
Tras la caída de Ur III, Mesopotamia se había convertido otra
vez en un culebrón. Isin y Larsa se peleaban por el sur,
Eshnunna iba por libre, Mari controlaba rutas importantes del
Éufrates, Asiria hacía negocios en el norte y Elam esperaba
desde el este por si podía meter la cuchara.
Aquello parecía una cena de cuñados con una herencia de por
medio. Todos se llamaban «hermano» en las cartas, todos se
sonreían y todos estaban pensando: «En cuanto este se despiste,
me quedo con lo suyo».
Hammurabi entra en el chat
En 1792 a. C., según la cronología media tradicional, subió al
trono Hammurabi, sexto rey de una dinastía de
origen amorreo.
No heredó un imperio enorme, sino un reino bastante apañado
rodeado de vecinos más fuertes. Atacarlos a todos a la vez
habría sido valiente, heroico y una forma estupenda de
conseguir que su reinado durase dos tardes.
Así que Hammurabi hizo algo sorprendente para un rey con un
ejército a su disposición: tuvo paciencia.
Durante años fortificó ciudades, limpió canales, reforzó la
administración y buscó aliados. Mientras los demás se daban
palos, él mandaba cartas, hacía sus cuentas y esperaba el
momento adecuado.
Había entendido perfectamente la regla de oro de la política
mesopotámica: el enemigo de tu enemigo es tu amigo, pero no le
cojas demasiado cariño porque seguramente será tu enemigo del
jueves.
Hoy somos colegas; mañana ya veremos
Al este de Mesopotamia se encontraba Elam, una
región poderosa del actual suroeste de Irán cuya ciudad más
importante era . Sus gobernantes también querían ampliar el
negocio y debieron de mirar hacia Mesopotamia pensando:
«Anda, fíjate qué territorio tan apañado tenéis ahí al lado… Nos vendría estupendamente».
Cuando los elamitas intentaron imponer su dominio sobre varios
reinos mesopotámicos, Hammurabi reunió a otros gobernantes para
frenarlos.
La alianza funcionó, Elam fue derrotado y todos debieron de
celebrar aquel precioso ejemplo de compañerismo internacional.
Entonces Hammurabi miró los reinos de sus aliados y debió de
pensar: «Pero bueno, qué tierras tan bonitas tenéis. Sería una
pena no quedármelas».
En los últimos años de su reinado encadenó varias campañas
militares. Derrotó a Rim-Sin de Larsa, que
llevaba décadas controlando buena parte del sur; sometió
Eshnunna y extendió su autoridad hacia el norte.
También acabó volviéndose contra
Zimri-Lim de Mari, uno de sus antiguos
aliados. Hammurabi conquistó Mari y, algún tiempo después, la
ciudad fue destruida. Quedaba claro que su concepto de amistad
venía con una letra pequeña bastante preocupante.
En muy pocos años, Babilonia pasó de estar en mitad de la tabla
a levantar la copa. Hammurabi no inventó los imperios, pero
demostró que sabía jugar mejor que nadie una partida en la que
todos hacían trampas.
Vale, ya los has conquistado: ¿ahora qué?
Conquistar ciudades quedaba estupendamente en las
inscripciones. El pequeño problema era que luego había que
gobernarlas, cobrar impuestos y conseguir que sus habitantes
no se rebelaran cada vez que el ejército miraba para otro lado.
Hammurabi colocó funcionarios, supervisó las provincias y
prestó muchísima atención a los canales. Las cartas
conservadas lo muestran metido hasta las cejas en asuntos de
trabajadores, terrenos, cosechas, soldados, impuestos y obras
hidráulicas.
A ratos parece menos un conquistador legendario y más el jefe
estresado de una empresa enorme al que todos mandaban tablillas
urgentes:
«Majestad, faltan trabajadores en el canal». «Majestad, el
dique pierde agua». «Majestad, en Larsa vuelven a estar un
poquito rebeldes».
Y Hammurabi mirando la montaña de mensajes y preguntándose por
qué demonios no se habría conformado con un reino pequeñito.
El agua: ese pequeño detalle sin el que no comía nadie
En Mesopotamia, controlar el agua era controlar la vida. Si un
canal se llenaba de barro, el agua no llegaba a los campos; si
un dique se rompía, podía arruinar una cosecha; y si una ciudad
cerraba el paso del agua, dejaba a la vecina más seca que la
sandalia de una momia.
Por eso gobernar no consistía solamente en ponerse una corona,
sacar pecho y mandar soldados. También había que organizar a
miles de trabajadores para limpiar canales y reparar diques; gente con barro hasta las rodillas mientras el rey posaba estupendo en las inscripciones.
Podías tener el ejército más temible de Mesopotamia, pero si el
responsable de las compuertas era un inútil, la cebada no iba
a crecer por respeto a tus soldados.
Hammurabi según el propio Hammurabi
Hammurabi tampoco quería pasar a la historia como un abusón con
corona que había ido quitándoles el reino a todos sus vecinos.
En sus inscripciones se presentaba como un gobernante piadoso,
constructor, protector de los débiles y defensor de la
justicia.
El retrato era perfecto: implacable con los malvados, cariñoso
con el pueblo y elegido personalmente por los dioses. Vamos,
una campaña publicitaria diseñada, pagada y protagonizada por
el propio Hammurabi.
La realidad era menos bonita. Su reino se apoyaba en el
ejército, los impuestos y una sociedad muy desigual. Además,
aquel enorme territorio empezó a perder piezas poco después de
su muerte.
Sus sucesores tuvieron que enfrentarse a rebeliones, enemigos
exteriores y ciudades que, en cuanto vieron que Hammurabi ya no
estaba vigilando, agarraron sus cosas y dijeron: «Bueno, pues
nosotros nos vamos».
Aun así, el cambio ya era irreversible. Babilonia había dejado
de ser una ciudad del montón y se había convertido en una gran
capital. La que había empezado jugando en tercera división
acababa de ganarse un sitio entre las grandes protagonistas de
la historia.
Idea esencial
Hammurabi heredó un reino modesto y lo convirtió en el
dueño del cotarro mediante paciencia, alianzas, traiciones
oportunas y campañas militares. Conquistar fue la parte
vistosa; controlar impuestos, canales, funcionarios y
ciudades con ganas de largarse fue el verdadero dolor de
cabeza.
Mucho más que «ojo por ojo»
Una piedra enorme porque el formato de bolsillo no se llevaba
La famosísima estela de Hammurabi es un bloque
de basalto oscuro de más de dos metros de altura cubierto de
escritura cuneiforme. Fue grabada hacia 1750 a. C. y reúne
cerca de 280 decisiones jurídicas
conservadas.
Plantarte delante de aquella mole ya debía de imponer, aunque
no supieras leer. El mensaje estaba clarísimo: «Aquí hay
normas, son muchísimas y las he grabado en una piedra de varias
toneladas. No vengas luego diciendo que no te avisaron».
El texto habla de alquileres, préstamos, salarios, herencias,
matrimonios, divorcios, adopciones, comercio, medicina,
construcción, agricultura y hasta de lo que ocurría cuando un
buey decidía cornear a alguien.
Es decir, recogía casi todos los problemas capaces de
fastidiarle la semana a un babilonio: el vecino que rompía un
dique, el comerciante que hacía trampas, el constructor que
entregaba una casa con tendencia a venirse abajo o el marido
que desaparecía y esperaba que nadie le pidiera explicaciones.
El Código de Hammurabi no era exactamente un código
Aunque lo llamamos Código de Hammurabi, no era
un código moderno con un índice estupendo para que el juez
buscara el artículo correspondiente, se aclarase la garganta y
dijera: «Caso resuelto; que pase el siguiente».
Se parecía más a una enorme recopilación de casos jurídicos.
Las disposiciones seguían normalmente una fórmula muy sencilla:
«Si alguien hace esto, entonces le ocurrirá aquello».
Era como el apartado de preguntas frecuentes de ,
pero con más multas, más juramentos y una preocupante afición
por los castigos bestias.
Los jueces también utilizaban contratos, testigos, costumbres y
decisiones anteriores. Por eso los especialistas consideran
que la estela era una recopilación jurídica y, al mismo tiempo,
un monumento destinado a decir: «Mirad qué rey tan justo
tenemos».
Hammurabi tampoco inventó las leyes
La estela no fue el primer texto legal de la historia. Antes de
Hammurabi ya existían recopilaciones como las atribuidas a
Ur-Nammu y
Lipit-Ishtar.
Los mesopotámicos llevaban siglos redactando contratos,
resolviendo pleitos y poniendo por escrito quién debía una
cabra a quién. No estuvieron dos mil años esperando a que
apareciera Hammurabi para gritar: «¡Anda, podríamos inventar
las leyes!».
Su estela es especial por la cantidad de casos que contiene,
por su excelente conservación y por todo lo que nos cuenta
sobre la sociedad babilónica.
Shamash le entrega el poder: todo en regla
En la parte superior de la estela aparece Hammurabi de pie ante
Shamash, dios solar y divinidad relacionada
con la justicia. Shamash está sentado en su trono, con rayos
saliendo de los hombros, y entrega al rey los símbolos del
poder.
La escena decía algo bastante sencillo: aquellas decisiones no
eran ocurrencias que Hammurabi había tenido mientras
desayunaba. Su autoridad para impartir justicia venía
respaldada por los dioses.
En el prólogo, Hammurabi afirma que fue elegido para establecer
la justicia, acabar con los malvados e impedir que el fuerte
oprimiera al débil.
Muy bonito. Luego sigues leyendo y descubres que el castigo
dependía muchísimo de si pertenecías a la élite, eras una persona
de rango inferior o vivías como esclavo. La igualdad ante la ley todavía estaba en fase de
«ya si eso lo hablamos otro día».
«Ojo por ojo», pero primero dime de quién es el ojo
La frase más famosa relacionada con estas leyes es
«ojo por ojo, diente por diente». La idea era
que el castigo guardara proporción con el daño causado.
Si alguien te rompía un diente, no podías aprovechar el
calentón para eliminar a toda su familia, quemar su casa,
quedarte con sus tierras y llevarte también el burro porque te
venía bien.
Hasta ahí, estupendo. El problema era que no todos los ojos
valían lo mismo.
Si un señor de alta categoría le vaciaba un ojo a otro de su misma
posición, podía perder el suyo. Pero si la víctima ocupaba un rango inferior, muchas
veces el asunto se solucionaba pagando plata.
Y si la víctima era esclava, la compensación podía acabar en
manos de su propietario. Así que aquello de «ojo por ojo» tenía
letra pequeña: antes de decidir el castigo, el juez preguntaba
de quién era el ojo.
La justicia era ciega, pero, por lo visto, preguntaba primero
cuánto dinero tenías.
El constructor chapuzas lo tenía bastante complicado
Algunas disposiciones parecen escritas justo después de que
alguien perdiera la paciencia con un profesional especialmente
chapucero.
Si un constructor levantaba una casa, esta se derrumbaba y
mataba al propietario, el constructor podía ser condenado a
muerte. La garantía de obra era breve, pero bastante
convincente.
Si el derrumbe destruía bienes, debía reponerlos y reconstruir
la casa. Nada de aparecer, mirar una grieta enorme y decir:
«Eso es normal, mujer; en unos meses ni se nota».
Los médicos se jugaban algo peor que una mala reseña
Los médicos podían cobrar muy bien si una operación salía
estupendamente, pero también sufrir castigos terribles si
causaban daños graves a un paciente de alto rango. Algunas
disposiciones contemplaban incluso la amputación de las manos.
Antes de coger el bisturí de bronce convenía haber dormido
bien, tener un pulso excelente y no empezar diciendo: «Nunca
he hecho esto, pero tú tranquilo, que vamos viendo».
Además, la recompensa y el castigo variaban según quién fuera
el paciente. No era lo mismo operar a alguien de la flor y nata que
a un paciente humilde. La medicina podía estar muy avanzada, pero la
igualdad sanitaria todavía no había llegado.
La taberna: cerveza, cotilleos y alguna conspiración
Las tabernas, que en los textos aparecen asociadas con
frecuencia a mujeres, tampoco escaparon a las leyes. Se
regulaban la bebida, los pagos y la obligación de denunciar
determinadas actividades sospechosas.
La tabernera no solo tenía que servir cerveza y aguantar al
pesado que llevaba tres jarras explicando cómo gobernaría él
Mesopotamia. También debía estar atenta por si alguien
organizaba una conspiración contra el rey junto a la barra.
Matrimonios, divorcios y una letra pequeña enorme
Una parte importante de las leyes regulaba la familia:
matrimonios, dotes, herencias, adopciones, adulterios,
divorcios y derechos de las viudas.
Las mujeres vivían dentro de una sociedad patriarcal y no
tenían los mismos derechos que los hombres. Aun así, podían
poseer bienes, recibir una dote, intervenir en contratos y
reclamar determinados derechos económicos.
En algunas circunstancias, una mujer podía separarse de un
marido que la hubiese abandonado o maltratado. En otras, una
acusación de adulterio podía conducirla a un castigo brutal.
Había algunas protecciones legales, sí, pero venían
acompañadas de una letra pequeña tan larga que casi hacía
falta otra estela para explicarla.
¿No hay pruebas? Que decida el río
Los tribunales utilizaban documentos, testigos y juramentos.
Los contratos se escribían en tablillas porque ya entonces
confiar en un «te prometo que el mes que viene te lo devuelvo»
no parecía una política financiera brillante.
Cuando faltaban pruebas, algunas disposiciones recurrían a la
ordalía del río. La persona acusada debía
arrojarse al agua y el resultado se interpretaba como una
decisión de los dioses.
Desde nuestro punto de vista, dejar la sentencia en manos de
la corriente parece una barbaridad. Para ellos, el río podía
revelar la voluntad divina.
Ayudaba bastante saber nadar, aunque ese pequeño detalle
técnico no aparecía en la tablilla.
¿Cómo terminó este pedrusco en Irán?
La estela fue creada en Mesopotamia, pero apareció en
, en el actual Irán. Siglos después de
la muerte de Hammurabi, el rey elamita
Shutruk-Nahhunte se la llevó como botín de
guerra.
En otras palabras, alguien contempló aquel bloque de varias
toneladas y dijo: «Mira qué monumento tan estupendo. En mi capital
va a quedar de lujo. Cargadlo».
Saquear obras de arte daba bastante más trabajo antes de que
existieran los camiones.
A comienzos del siglo XX, una expedición arqueológica francesa
encontró la estela rota en varios fragmentos. Al reunirlos
salió a la luz uno de los testimonios jurídicos más importantes
del Próximo Oriente antiguo.
Hammurabi deja una advertencia
Al final del texto, Hammurabi vuelve a presentarse como un rey
justo y protector. Después lanza una colección tremenda de
maldiciones contra cualquiera que borre, cambie o se apropie de
sus palabras.
El mensaje venía a ser: «He establecido la justicia, los
dioses están conmigo y, si alguien toca mi estela, le va a
caer encima medio panteón mesopotámico».
Irónicamente, siglos después alguien se llevó la estela entera
a Susa. Parece que las maldiciones imponían mucho, pero no tanto
como un buen botín de guerra.
Entonces, ¿por qué es tan importante?
Las leyes de Hammurabi no son importantes porque fueran las
primeras, porque trataran a todo el mundo por igual o porque
Hammurabi inventara la justicia.
Son importantes porque nos permiten cotillear en los problemas
cotidianos de una sociedad de hace casi cuatro mil años.
Detrás de sus disposiciones aparecen agricultores preocupados
por el agua, comerciantes discutiendo por deudas, familias
repartiendo herencias, médicos enfrentándose a operaciones
difíciles y vecinos intentando demostrar que el desastre del
canal no había sido culpa suya.
Cambian las tablillas por contratos digitales y los bueyes por
coches, pero las discusiones por las deudas, las herencias,
las chapuzas y los vecinos irresponsables nos resultan
sospechosamente familiares.
Idea esencial
Las leyes de Hammurabi no fueron las primeras ni
repartieron la misma justicia para todos. Fueron una
enorme recopilación de casos jurídicos y una campaña de
imagen real de campeonato. Gracias a ellas sabemos que
los babilonios resolvían sus líos con contratos, testigos,
multas, juramentos y, cuando todo lo demás fallaba,
mandando al acusado a darse un chapuzón en el río con los
dioses haciendo de jurado.
Parte VIII
Lenguas, literatura y conocimiento
Una región donde cada uno hablaba de una manera
El sumerio y el acadio no eran primos
En Mesopotamia no existió una única lengua oficial que
todo el mundo hablara durante tres mil años. Por allí
pasaron pueblos diferentes y cada uno traía su idioma, sus
dioses, sus costumbres y, probablemente, su propia manera
de quejarse de los impuestos.
Las dos grandes lenguas de las primeras etapas fueron el
sumerio y el
acadio. Y no, no eran dos variantes del
mismo idioma ni se entendían haciendo un pequeño esfuerzo
y hablando despacio.
El sumerio es una lengua aislada: hasta
ahora no hemos logrado demostrar que pertenezca a ninguna
familia lingüística conocida. Está ahí, tan tranquilo,
sin primos confirmados y sin ganas de aclararnos de dónde
salió.
El acadio, en cambio, era una lengua
semítica, emparentada con otros idiomas
del Próximo Oriente. Con el tiempo desarrolló variedades
como el babilonio y el asirio.
Así que un escriba podía encontrarse una tablilla en
sumerio, otra en acadio y una tercera en la que alguien
había mezclado signos, palabras y fórmulas tradicionales.
El bilingüismo no era una aplicación moderna: ya llevaba
miles de años dando trabajo.
Una escritura inventada para una lengua y prestada a las demás
La escritura cuneiforme comenzó a desarrollarse en el sur
de Mesopotamia vinculada al sumerio. Al principio servía
sobre todo para llevar cuentas: cuántos sacos de grano
entraban, cuántas ovejas salían y quién debía todavía tres
cabras que juraba haber devuelto.
Con el tiempo, aquellos signos dejaron de representar
solamente objetos e ideas y también empezaron a expresar
sonidos. Después llegaron los acadios, miraron el invento
y dijeron: «Uy, esto nos viene de maravilla».
El pequeño problema era que el acadio y el sumerio
funcionaban de maneras muy diferentes. Los escribas
adaptaron los signos cuneiformes para escribir acadio,
aunque aquello obligaba a aprender símbolos que podían
representar una palabra sumeria, una sílaba acadia o varias
cosas distintas según el contexto.
Vamos, que leer una tablilla no consistía en aprenderte
veintisiete letras y lanzarte a la aventura. Había que
conocer cientos de signos y averiguar qué demonios quería
decir cada uno en aquella frase concreta.
El sumerio murió en la calle, pero siguió trabajando
Hacia comienzos del II milenio a. C., el sumerio fue
desapareciendo como lengua cotidiana. La gente dejó de
utilizarlo para preguntar el precio de la cebada, discutir
con el vecino o llamar al niño para que entrara en casa.
Pero no desapareció del todo. Continuó empleándose durante
siglos en templos, himnos, rituales, textos cultos y
escuelas de escribas. Algo parecido a lo que ocurrió mucho
después con el latín: nadie lo hablaba mientras compraba
el pan, pero como quisieras parecer una persona seria,
culta y respetable, allí estaba.
Los estudiantes copiaban listas bilingües con palabras
sumerias y sus equivalentes acadios. Gracias a esas
tablillas, los investigadores modernos han podido
comprender una lengua que llevaba miles de años sin tener
hablantes vivos.
En cierto modo, aquellos aprendices que repetían
vocabulario pensando «¿para qué tengo que memorizar yo
esto?» acabaron ayudándonos a descifrar toda una
civilización. Así que sí: los deberes sirven para algo,
aunque a veces haya que esperar cuatro mil años para
descubrirlo.
Y después llegaron más lenguas
El paisaje lingüístico siguió cambiando. En diferentes
épocas se hablaron también lenguas como el amorreo, el
hurrita, el casita, el arameo y otras muchas.
El arameo fue ganando terreno durante el
I milenio a. C. porque resultaba más sencillo escribirlo
con un alfabeto que dominar cientos de signos cuneiformes.
Los escribas tradicionales debieron de mirar aquella
escritura con pocas letras y pensar: «No puede ser. ¿Ahora
que me había aprendido setecientos signos vienen estos con
un alfabeto?».
Aun así, el cuneiforme siguió utilizándose en ámbitos
cultos y religiosos durante siglos. Era complicado, pero
tenía prestigio, y ya sabemos que los seres humanos somos
capaces de mantener cualquier cosa incómoda si queda lo
suficientemente elegante.
Idea esencial
Mesopotamia no tuvo una sola lengua ni un solo pueblo.
El sumerio y el acadio eran idiomas completamente
diferentes, pero compartieron la escritura cuneiforme
y una larga tradición cultural. El sumerio dejó de
hablarse en la calle, aunque siguió dando guerra en
templos y escuelas durante muchos siglos.
Aprender a ordenar el mundo
La escuela donde copiar mal podía salir caro
Convertirse en escriba no era aprender cuatro signos,
coger una tablilla y poner en el currículum «nivel alto de
cuneiforme». La formación podía durar años y exigía
memorizar listas interminables de palabras, signos,
nombres, medidas y fórmulas.
Las escuelas de escribas recibían el nombre sumerio de
edubba, «casa de las tablillas». Allí los
alumnos comenzaban preparando la arcilla y copiando signos
sencillos. Después pasaban a textos más difíciles,
problemas matemáticos, himnos y composiciones literarias.
Las tablillas escolares muestran errores, correcciones y
ejercicios repetidos. O sea, exactamente lo que esperarías
de una clase: alguien intentando aprender, alguien
equivocándose y un profesor preguntándose si aquel
muchacho iba a escribir bien un signo alguna vez.
Los textos también describen una disciplina bastante dura.
El alumno podía recibir golpes por llegar tarde, hablar,
levantarse sin permiso o escribir mal. El ambiente no era
precisamente: «Equivocarse es aprender, campeón».
Ser escriba abría muchas puertas
Aunque la formación fuera difícil, dominar la escritura
podía proporcionar una carrera estupenda. Los escribas
trabajaban para templos, palacios, comerciantes,
gobernadores y ejércitos.
Redactaban contratos, contaban impuestos, registraban
cosechas, copiaban cartas y anotaban decisiones judiciales.
Estaban por todas partes porque, en cuanto montas un Estado
enorme, aparece inmediatamente alguien diciendo:
«Esto habrá que dejarlo por escrito».
La mayoría de la población no sabía leer, de modo que el
escriba controlaba una habilidad muy valiosa. Mientras
otros cargaban sacos bajo el sol, él manejaba la tablilla,
el cálamo y los secretos de la administración.
Eso no significa que todos fueran ricos ni poderosos, pero
saber escribir permitía acercarse bastante más a quienes
cortaban el bacalao.
Matemáticas para que las cuentas no acabaran a tortas
Los mesopotámicos desarrollaron técnicas matemáticas porque
las necesitaban para medir campos, repartir cosechas,
calcular salarios, construir edificios y llevar las cuentas
del templo sin que desaparecieran veinte sacos de cebada
por arte de magia.
Utilizaron sistemas numéricos basados en el
60. De ese legado proceden nuestra
división de la hora en 60 minutos, del minuto en 60
segundos y del círculo en 360 grados.
¿Por qué 60? Entre otras ventajas, porque puede dividirse
fácilmente entre 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30.
Resultaba muy práctico para repartir cantidades sin
terminar discutiendo por quién se había quedado con medio
pan de más.
Los escribas resolvían problemas que hoy expresaríamos
mediante ecuaciones, calculaban superficies y manejaban
tablas de multiplicación, recíprocos y potencias. No
utilizaban nuestras fórmulas modernas, pero tampoco estaban
haciendo rayitas al azar hasta que saliera una respuesta
bonita.
Medicina: remedios, observación y algún demonio
La medicina mesopotámica mezclaba conocimientos prácticos,
remedios, observación de síntomas, plegarias y rituales.
Para ellos, una enfermedad podía tener una causa física,
pero también estar relacionada con un dios enfadado, un
demonio o una falta cometida por el paciente.
Había profesionales que examinaban síntomas y preparaban
tratamientos con plantas, minerales, aceites y otros
ingredientes. También había especialistas en rituales y
exorcismos.
Así que, si enfermabas, podían darte un preparado medicinal
y, por si acaso, soltar también una oración para espantar
al demonio responsable. Cobertura completa: se trataba el
cuerpo y se mandaba al espíritu maligno a paseo.
Los textos médicos clasificaban síntomas y proponían
diagnósticos o pronósticos. Algunos tratamientos nos
resultan razonables; otros hacen que agradezcas
profundamente disponer de una farmacia moderna.
Astronomía: mirar el cielo porque los dioses podían estar avisando
Los mesopotámicos observaron el cielo durante siglos.
Registraron movimientos de la Luna, planetas, eclipses y
otros fenómenos porque creían que podían anunciar
acontecimientos importantes.
Si aparecía un eclipse, el rey no decía: «Qué bonito,
hagamos una foto». Preguntaba inmediatamente qué desgracia
se acercaba y si había alguna forma de conseguir que le
cayera a otro.
La astronomía estaba unida a la astrología, pero la
necesidad de interpretar señales llevó a recopilar
observaciones muy cuidadosas. Los expertos comparaban lo
que sucedía en el cielo con registros anteriores y
elaboraban largas series de datos.
Con el tiempo, aquella vigilancia obsesiva permitió
reconocer ciclos y predecir determinados fenómenos. Los
dioses quizá no estaban mandando mensajes personales al
rey, pero mientras intentaban descifrarlos, los astrónomos
aprendieron muchísimo sobre el cielo.
Idea esencial
Los conocimientos mesopotámicos nacieron de problemas
muy prácticos: contar impuestos, medir campos, curar
enfermos y averiguar si un eclipse iba a fastidiarle
el reinado a alguien. Sus métodos de cálculo,
clasificación y observación dejaron una huella que
todavía aparece cada vez que miramos un reloj.
Historias copiadas durante siglos
Las tablillas también servían para contar historias
Después de ver miles de tablillas sobre cebada, ovejas,
impuestos y trabajadores, uno podría pensar que los
mesopotámicos inventaron la escritura únicamente para
complicarles la vida a los contables.
Pero también escribieron himnos, plegarias, proverbios,
lamentos, poemas, mitos y relatos épicos. Porque incluso
una civilización obsesionada con registrar cabras
necesitaba sentarse de vez en cuando y escuchar una buena
historia.
Esas obras no aparecieron terminadas de una vez. Se
copiaron, corrigieron y transformaron durante siglos.
Diferentes ciudades y épocas podían conservar versiones
distintas de un mismo relato.
No había una edición definitiva esperando en una
librería. Había escribas copiando tablillas, cambiando
detalles y transmitiendo las historias generación tras
generación.
Gilgamesh: dos tercios dios y tres tercios insoportable
La obra más famosa es la
Epopeya de Gilgamesh, protagonizada por
el rey legendario de . Gilgamesh es presentado como
dos tercios dios y un tercio humano, una proporción
matemáticamente sospechosa que nadie en la historia parece
atreverse a discutir.
Al comienzo del relato es fuerte, poderoso, guapísimo y
bastante insufrible. Abusa de su autoridad y tiene a los
habitantes de Uruk hasta la coronilla.
Los ciudadanos piden ayuda a los dioses y estos crean a
Enkidu, un hombre salvaje capaz de
plantarle cara. Ambos se encuentran, se pelean como dos
bestias y, después de intentar partirse la cara,
deciden hacerse amigos íntimos.
Una forma muy mesopotámica de iniciar una amistad.
Dos amigos con demasiado tiempo y muy pocas ganas de estarse quietos
Gilgamesh y Enkidu emprenden aventuras para conseguir
fama. Se enfrentan a Humbaba, guardián
del Bosque de los Cedros, y matan al Toro Celeste enviado
por la diosa Ishtar.
Los héroes celebran sus victorias, pero los dioses no
están nada contentos con la costumbre de estos dos de ir
por el mundo matando criaturas sagradas como quien
completa encargos secundarios de un videojuego.
Como castigo, deciden que Enkidu debe morir.
Cuando la aventura se convierte en miedo
La muerte de Enkidu destroza a Gilgamesh. Por primera vez,
el rey comprende que toda su fuerza no sirve para evitar
la muerte.
El gran héroe, el hombre que vencía monstruos y se creía
capaz de todo, descubre que algún día también él va a
estirar la pata. Y no le hace ninguna gracia.
Gilgamesh abandona Uruk y parte en busca del secreto de
la inmortalidad. Quiere encontrar a
Utnapishtim, un hombre que sobrevivió a
un gran diluvio y recibió de los dioses la vida eterna.
Durante el viaje cruza montañas, atraviesa regiones
peligrosas y llega hasta los límites del mundo conocido.
Todo para hacer la pregunta que los seres humanos llevamos
miles de años repitiendo: «¿De verdad tengo que morirme?
¿No podemos negociarlo?».
La inmortalidad estaba complicada
Utnapishtim le cuenta la historia del diluvio y le propone
una prueba: si quiere vencer a la muerte, puede empezar
intentando no dormirse durante varios días.
Gilgamesh, héroe invencible, rey poderoso y matador de
monstruos, se queda dormido casi inmediatamente. Mal
comienzo para derrotar a la mortalidad.
Después consigue una planta capaz de devolver la juventud,
pero una serpiente se la roba mientras se baña. Así que
Gilgamesh vuelve a Uruk sin inmortalidad, sin planta y con
una cantidad considerable de kilómetros a la espalda.
Sin embargo, regresa cambiado. Comprende que no puede vivir
para siempre y que su verdadera permanencia se encuentra
en sus obras, en la ciudad que gobierna y en el recuerdo
que dejará.
La historia comienza con un rey convencido de que puede
hacer lo que le dé la gana y termina con un ser humano
aceptando que no controla ni su destino ni su fecha de
caducidad.
Una historia que viajó durante más de mil años
Los relatos más antiguos sobre Gilgamesh se escribieron
en sumerio. Mucho después se compusieron versiones en
acadio, y la obra continuó copiándose y transformándose
durante siglos.
La versión más completa que conocemos apareció en
tablillas procedentes de la biblioteca del rey asirio
Asurbanipal, en , aunque también
se han encontrado fragmentos en otros lugares.
Esto demuestra que Gilgamesh no fue un éxito de una
temporada. La gente llevaba más de mil años copiando,
leyendo y adaptando sus aventuras. Muy pocas historias
modernas pueden presumir de semejante permanencia sin
sacar doce secuelas y una serie derivada.
Seguro que te preguntas: ¿Gilgamesh existió de verdad?
Probablemente sí, pero tampoco podemos llamar al registro civil
de Uruk para comprobarlo. La tradición mesopotámica lo sitúa como
rey de la ciudad a comienzos del III milenio a. C., posiblemente
hacia el 2700 a. C.
Su nombre aparece en la Lista Real Sumeria y en
tradiciones posteriores relacionadas con otros gobernantes. Eso
hace pensar que pudo existir un monarca histórico llamado
Gilgamesh.
El problema es que no conservamos ninguna inscripción escrita
durante su supuesto reinado que diga: «Yo, Gilgamesh, rey de Uruk,
estuve aquí». Por tanto, su existencia resulta probable, pero no
puede demostrarse de manera definitiva.
Después hizo su trabajo la leyenda. Generación tras generación,
aquel posible rey fue acumulando aventuras, músculos, monstruos y
parentescos divinos hasta convertirse en el héroe de la epopeya.
El hombre, si existió, pudo ser un rey; el personaje literario ya
es otra historia.
Es un caso parecido al del rey Arturo: quizá
hubiera una persona histórica escondida en el origen de la
tradición, pero la figura que ha llegado hasta nosotros pertenece
principalmente al mundo de la leyenda. Puede que existiera el
hombre; lo de ser dos tercios dios, matar monstruos y buscar la
inmortalidad ya necesita un poquito más de fe.
El diluvio que sorprendió al mundo moderno
Cuando en el siglo XIX se tradujo la tablilla que narraba
el diluvio de Utnapishtim, los investigadores se quedaron
de piedra. El relato presentaba semejanzas evidentes con
el diluvio bíblico: una divinidad avisaba al protagonista,
este construía una embarcación, salvaba seres vivos y
soltaba aves para comprobar si las aguas habían bajado.
Aquello no demostraba que ambos textos fueran idénticos
ni confirmaba automáticamente que el diluvio hubiera
ocurrido tal como lo narraban. Demostraba que las historias
sobre grandes inundaciones circulaban por el Próximo
Oriente y podían viajar, cambiar y reaparecer en nuevas
tradiciones.
Las historias también emigran. No necesitan pasaporte:
solo alguien dispuesto a escucharlas y repetirlas.
Idea esencial
Las tablillas mesopotámicas no contienen solamente
impuestos y cuentas de ganado. También conservaron
mitos, poemas y relatos como la Epopeya de Gilgamesh,
la historia de un rey que era capaz de vencer monstruos,
pero no de aceptar que algún día iba a estirar la pata.
Cuatro mil años después seguimos entendiendo
perfectamente su problema.
Parte IX
Entre Babilonia y el gran imperio asirio
Setecientos años de transformaciones
Del saqueo hitita de al ascenso de Asiria
◇
c. 1595–911a. C.
Primero lo importante: los casitas no construían casitas
Antes de empezar, aclaremos una cosa: los
casitas eran un pueblo, no una
cuadrilla especializada en levantar viviendas
monísimas. Su nombre nos ha jugado una mala pasada en
castellano, pero ellos no tenían ninguna culpa.
Probablemente procedían de las montañas situadas al
este de Mesopotamia y hablaban una lengua distinta del
acadio. Fueron apareciendo poco a poco en los textos
babilónicos como trabajadores, soldados y grupos
instalados en el territorio.
No llegaron una mañana todos juntos gritando:
«¡Sorpresa, venimos a quedarnos con Babilonia!». Su
entrada en la historia fue mucho más gradual.
Los hititas llegan, saquean Babilonia y se marchan
Tras la muerte de Hammurabi, sus sucesores fueron
perdiendo territorios. El gran reino empezó a encoger,
las ciudades del extremo sur se independizaron y
formaron la llamada
Primera Dinastía del País del Mar,
y Babilonia dejó de ser la jefa indiscutible del
vecindario.
Entonces, hacia 1595 a. C. según la cronología media,
un ejército hitita llegó desde Anatolia, recorrió una
distancia enorme y saqueó Babilonia.
Los hititas entraron, se llevaron todo lo que pudieron
y se marcharon. No se quedaron a gobernar porque tenían
sus propios problemas mucho más al norte. Fue una
operación muy de: «Uy, qué ciudad tan rica. La
saqueamos, cargamos el carro y para casa antes de que
se complique».
El ataque acabó con la dinastía fundada siglos antes
por los antepasados de Hammurabi. Pero no debemos
imaginar que Babilonia se quedó vacía, cubierta de
telarañas y esperando a que alguien volviera a
encender la luz.
El poder cambió de manos. Y quienes terminaron
haciéndose con él fueron precisamente los casitas.
Los casitas se quedan con Babilonia y se vuelven más babilonios que nadie
No sabemos con exactitud cómo tomaron el poder, porque
la documentación de aquellos primeros años tiene más
agujeros que una red de pescar. Lo que sí sabemos es
que unos gobernantes con nombres casitas acabaron
controlando Babilonia y, posteriormente, las ciudades
del sur.
La dinastía casita gobernó durante unos cuatro siglos.
Fue una de las dinastías más duraderas de toda la
historia mesopotámica, aunque suele recibir menos
atención que Hammurabi, los asirios o Nabucodonosor.
Los pobres estuvieron cuatrocientos años gobernando y
luego llegaron los libros de texto y dijeron:
«Bueno, aquí hubo unos casitas y después pasaron más
cosas».
Además, no intentaron borrar la cultura local ni
obligar a todo el mundo a empezar de cero. Adoptaron
el acadio, utilizaron la escritura cuneiforme,
respetaron a los dioses tradicionales y restauraron
templos.
Vamos, que llegaron de fuera, se instalaron en el
trono y al poco tiempo estaban escribiendo en sumerio
antiguo y presumiendo de cuidar los templos mejor que
los propios babilonios.
Una nueva capital porque llamarla como tú siempre queda bien
Uno de los grandes reyes casitas,
Kurigalzu I, mandó construir una
nueva ciudad llamada
Dur-Kurigalzu, que significa
«fortaleza de Kurigalzu».
La imaginación para los nombres no era su punto
fuerte, pero hay que reconocer que dejar tu propio
nombre grabado en una ciudad entera es una campaña de
publicidad difícil de superar.
Dur-Kurigalzu tenía palacios, templos y un gran
zigurat. Desde allí, los reyes podían controlar las
rutas y demostrar que no eran unos recién llegados
improvisando con una corona prestada.
El reino casita llegó a controlar toda Babilonia y
mantuvo contactos comerciales y diplomáticos con
territorios muy alejados. El sur mesopotámico volvía
a estar conectado con el golfo Pérsico, Anatolia,
Siria, Egipto, Asiria y Elam.
El club de los grandes reyes
Durante buena parte del II milenio a. C., el Próximo
Oriente estuvo dominado por varias grandes potencias:
Egipto, Hatti, Mitanni, Babilonia, Asiria y, en
determinados momentos, Elam.
Sus monarcas se escribían cartas y se llamaban «hermano». Pero
aquello no significaba que se reunieran los domingos para hacer
una barbacoa. En el lenguaje diplomático, llamar hermano a otro
rey era una forma elegante de decir: «Tú mandas en tu casa, yo
mando en la mía y ninguno de los dos piensa inclinarse ante el
otro».
Las llamadas cartas de Amarna,
encontradas en Egipto, conservan parte de esa
correspondencia. En ellas, los gobernantes negociaban
matrimonios, regalos, alianzas y envíos de oro.
Y cuando decimos que pedían regalos, no pensemos en
una bufanda y una caja de bombones. Hablaban de oro,
carros, caballos, piedras preciosas y princesas para
sellar matrimonios políticos.
Las cartas también muestran que los reyes se
quejaban muchísimo. «Me has enviado poco oro», «el
regalo del año pasado era mejor», «yo te mandé una
princesa y tú todavía no me has mandado la tuya».
La alta diplomacia ya tenía entonces bastante de chat
familiar enfadado.
Los kudurrus: esto es mío y que los dioses te pillen si lo tocas
Una de las creaciones más características de la época
casita fueron los kudurrus, unas
piedras inscritas que registraban concesiones de
tierras, privilegios y otros acuerdos.
Durante mucho tiempo se los llamó «piedras
fronterizas», como si estuvieran plantados en medio
del campo marcando dónde terminaba la finca de uno y
empezaba la del vecino. Sin embargo, hoy se piensa que
muchos se guardaban en los templos como documentos
protegidos.
En ellos aparecían símbolos de distintos dioses y
maldiciones contra cualquiera que se atreviera a
cambiar lo escrito.
El mensaje venía a ser: «Estas tierras tienen dueño,
está apuntado en piedra y, si intentas hacerte el
listo, te van a perseguir tantos dioses que no vas a
saber ni por dónde te vienen».
Mientras tanto, en el norte estaban los hurritas
En el norte de Mesopotamia y parte de Siria vivían
numerosas poblaciones de lengua
hurrita. Los hurritas no formaban un
único pueblo encerrado dentro de unas fronteras
perfectas, sino que estaban repartidos por distintos
territorios y ciudades.
En torno a mediados del II milenio a. C., una gran
potencia conocida como Mitanni
consiguió dominar buena parte de aquella región.
Muchos de sus habitantes hablaban hurrita, aunque la
élite gobernante también utilizó nombres y términos
relacionados con tradiciones indoiranias.
Mitanni controlaba una zona estratégica entre
Mesopotamia, Siria y Anatolia. También destacó por sus
carros de guerra y por el prestigio de sus caballos.
Así que los reyes vecinos miraban aquel territorio y
pensaban: «Vaya, vaya… buenas rutas, buenos caballos y
muchas ciudades. Se me están entrando unas ganas tremendas de meterme donde no me
llaman».
Egipcios, hititas y asirios se interesaron por la
zona, unas veces mediante guerras y otras mediante
alianzas matrimoniales. Porque si conquistar un reino
resultaba demasiado caro, siempre podías intentar
casar a alguien de tu familia y colarte por la puerta
del convite.
Asiria espera su momento
Al norte se encontraba Asiria, con
la ciudad de como uno de sus principales
centros. Los asirios ya habían tenido importancia
comercial y política durante siglos, pero durante
parte de esta etapa quedaron bajo la influencia o la
presión de Mitanni.
Asiria no desapareció. Se quedó allí, observando,
acumulando experiencia y esperando a que sus vecinos
empezaran a darse palos entre ellos.
Y el momento llegó.
Durante el siglo XIV a. C., los hititas debilitaron
seriamente a Mitanni. Los gobernantes asirios vieron
el hueco y debieron de pensar: «Uy, parece que queda
una plaza libre entre las grandes potencias».
Reyes como Assur-uballit I
consiguieron liberar a Asiria de la influencia de
Mitanni y presentarla como una gran potencia por
derecho propio.
Assur-uballit escribió al faraón de Egipto tratándolo
como a un igual. El rey de Babilonia protestó porque,
según él, los asirios eran subordinados suyos y no
tenían categoría suficiente para entrar en aquel club
de élite, ¡faltaría más!.
Assur-uballit, naturalmente, hizo el mismo caso que
hacemos todos cuando alguien nos dice que no estamos
invitados: entró igualmente y se sentó en primera
fila.
Nace la potencia militar de la Asiria media
Entre los siglos XIV y XI a. C. se desarrolló lo que
llamamos Imperio asirio medio.
Asiria amplió su territorio, conquistó ciudades y
organizó provincias controladas por gobernadores.
Reyes como Adad-nirari I,
Salmanasar I y
Tukulti-Ninurta I extendieron el
dominio asirio sobre antiguos territorios de Mitanni
y otras regiones vecinas.
Los asirios desarrollaron una maquinaria militar y
administrativa cada vez más eficaz. Conquistaban un
territorio, colocaban funcionarios, exigían tributos y
trasladaban poblaciones cuando consideraban que había
demasiada gente con ganas de montar una rebelión.
El sistema todavía no tenía las dimensiones
monstruosas que alcanzaría siglos después, pero ya
estaban ensayando. Era la versión de prueba del gran
imperio neoasirio, y la prueba venía con ejércitos,
deportaciones y muy pocas opciones para cancelar la
suscripción.
Un rey asirio conquista Babilonia porque le parecía poco lo suyo
El rey Tukulti-Ninurta I llevó la
expansión asiria hasta Babilonia. Derrotó al rey
casita, conquistó la ciudad y se llevó la estatua del
dios Marduk.
Esto último no era llevarse un recuerdo para decorar
el salón. En la mentalidad mesopotámica, capturar la
estatua de un dios significaba dejar a la ciudad sin
su protector divino.
Era como conquistar al equipo contrario y llevarte
también su estadio, su mascota y la esperanza de ganar
la liga.
Aunque Asiria no mantuvo Babilonia para siempre, la
campaña dejó claro que el equilibrio de poder había
cambiado. Los casitas seguían en el trono, pero ya no
eran los únicos que cortaban el bacalao.
Elam vuelve a aparecer y se lleva hasta los monumentos
A finales del siglo XII a. C., la dinastía casita
estaba cada vez más debilitada. Entonces apareció de
nuevo Elam, esa potencia oriental que
cada cierto tiempo miraba hacia Mesopotamia y pensaba:
«Uy, hace mucho que no pasamos por allí».
Los ejércitos elamitas atacaron Babilonia y acabaron
con la dinastía casita hacia 1155 a. C. También se
llevaron a varios monumentos antiguos como botín
de guerra.
Entre aquellas piezas estaban la Estela de la Victoria
de Naram-Sin y la estela de Hammurabi. Gracias a eso,
los arqueólogos modernos encontraron en Susa
monumentos que originalmente habían sido creados en
Mesopotamia.
Resulta bastante irónico: los elamitas se los llevaron
para presumir de victoria y terminaron montando, sin
saberlo, una colección arqueológica para el futuro.
Nabucodonosor I recupera al dios secuestrado
Después de la caída de los casitas, el poder pasó a
una nueva dinastía relacionada con Isin. Uno de sus
reyes más importantes fue
Nabucodonosor I, que no debe
confundirse con Nabucodonosor II, el famoso rey que
aparecerá varios siglos después.
Sí, hubo más de un Nabucodonosor. Los historiadores
añadieron numeritos porque llamar a uno «el primero»
y a otro «el de después» quedaba bastante poco serio.
Nabucodonosor I derrotó a Elam y recuperó la estatua
de Marduk, que había sido robada de
Babilonia. El regreso del dios se convirtió en un
acontecimiento político y religioso de primera
magnitud.
El mensaje era perfecto: «Marduk ha vuelto a casa,
Elam ha recibido lo suyo y yo soy el rey que ha
arreglado el estropicio». La propaganda se escribía
sola.
Y entonces todo el Próximo Oriente empezó a hacer aguas
En torno al 1200 a. C., muchas regiones del
Mediterráneo oriental y del Próximo Oriente
atravesaron una enorme crisis conocida como el
colapso de la Edad del Bronce.
El Imperio hitita desapareció, varias ciudades fueron
destruidas, las rutas comerciales se alteraron y
muchos Estados tuvieron que enfrentarse a guerras,
migraciones, conflictos internos y posibles problemas
climáticos.
No existe un único culpable al que podamos señalar
diciendo: «Este señor rompió la Edad del Bronce».
Probablemente se juntaron varias crisis y el sistema
entero empezó a saltar por las costuras.
Mesopotamia no desapareció, pero también sufrió una
época de inestabilidad. El control de los reyes se
debilitó, las comunicaciones se volvieron más difíciles
y nuevos grupos fueron asentándose en distintos
territorios.
Los arameos aprovechan que la puerta estaba abierta
Entre los grupos que ganaron protagonismo al final del II milenio
a. C. estaban los arameos. Pero ¿quiénes eran
estos señores y de dónde habían salido?
Los arameos eran comunidades que hablaban lenguas semíticas
noroccidentales, emparentadas con idiomas como el hebreo y el
fenicio y, de forma más lejana, con el acadio y el árabe.
Probablemente procedían de distintas zonas de Siria y de las
regiones situadas alrededor del curso medio del Éufrates.
Ahora bien, no debemos imaginarlos como un único pueblo con un rey,
una capital, una bandera y una camiseta oficial que pusiera
«Selección Nacional Aramea». Eran grupos diferentes, organizados
en tribus, comunidades y pequeños reinos, que compartían lenguas y
algunos rasgos culturales, pero no obedecían todos al mismo
mandamás.
Algunos practicaban formas de pastoreo y se desplazaban con sus
rebaños; otros fueron instalándose en aldeas y ciudades. Además,
se mezclaron con las poblaciones que ya vivían en Siria y
Mesopotamia. Por eso resulta difícil señalar un punto del mapa y
decir: «Salieron exactamente de aquí y llegaron todos juntos el
mismo martes».
¿Por qué empezaron a aparecer por todas partes?
Hacia el final de la Edad del Bronce, muchas de las grandes
potencias de la región entraron en crisis. Algunas ciudades fueron
destruidas, las rutas comerciales dejaron de funcionar con
normalidad y varios reinos perdieron el control de sus territorios.
Los arameos aprovecharon aquella situación para asentarse en zonas
de Siria y de la Alta Mesopotamia. Pero no fue una invasión única
en la que un ejército gigantesco apareciera gritando: «Apartaos,
que hemos venido a conquistar todo esto».
Fue un proceso largo de migraciones, asentamientos, conflictos,
alianzas y mezclas con las poblaciones locales. Algunas veces
combatieron contra los reinos vecinos; otras se instalaron,
comerciaron y terminaron formando parte de aquellas sociedades.
Los reyes asirios comenzaron a mencionarlos en sus inscripciones
porque varios grupos arameos se movían por territorios que Asiria
consideraba suyos. Los asirios miraron la situación y debieron de
pensar: «Un momento, ¿quiénes son todos estos y por qué están
paseándose por mis rutas comerciales?».
De grupos dispersos a reinos con todas las letras
Con el tiempo surgieron distintos reinos arameos en Siria y el
norte de Mesopotamia. Entre ellos estuvieron
Bit Adini, junto al Éufrates;
Bit Bahiani, con centro en Guzana; y
Aram-Damasco, que llegaría a convertirse en una
potencia importante del Levante.
Cada reino iba por su cuenta. Unos se aliaban con sus vecinos,
otros se peleaban con ellos y algunos hacían ambas cosas en la
misma semana, que era la forma tradicional de practicar la
diplomacia por aquellos lugares.
La expansión de estos reinos dificultó el acceso de Asiria hacia
el oeste. Para llegar al Mediterráneo y controlar las rutas
comerciales, los asirios tenían que atravesar territorios donde
los arameos ya habían colocado sus ciudades, sus reyes y sus
ejércitos.
Como era de esperar, Asiria miró todo aquello y dijo:
«Qué territorios más bonitos. Sería una pena que alguien viniera
con un ejército y se quedara con ellos».
Perdieron los reinos, pero ganó su lengua
Durante los siglos siguientes, los ejércitos asirios conquistaron
muchos de aquellos reinos. Las autoridades imperiales también
trasladaron poblaciones de un territorio a otro para conseguir
trabajadores, soldados y comunidades menos propensas a montar una
revuelta.
En teoría, los asirios habían ganado. En la práctica, la lengua
de los vencidos empezó a extenderse por todo el imperio.
El arameo resultaba muy útil para comunicarse
entre poblaciones diferentes y podía escribirse mediante un
alfabeto con muchos menos signos que el cuneiforme. Esto no
significa que fuera una lengua simple, pero aprender su escritura
era bastante menos agotador que memorizar cientos de cuñas.
Los escribas formados durante años en cuneiforme debieron de mirar
a los nuevos escribas arameos y pensar: «¿Cómo que vosotros os
apañáis con unas pocas letras? ¿Y ahora qué hago yo con mis veinte
años de carrera de tablilla?».
El acadio y el cuneiforme continuaron utilizándose, especialmente
en la administración, la religión y los textos cultos. Pero el
arameo fue ganando terreno como lengua de comunicación cotidiana
y administrativa.
Siglos después, los persas también lo utilizaron para comunicarse
por su enorme imperio. El arameo llegó a extenderse desde Egipto
hasta Mesopotamia y más allá, y continuó vivo en distintas
variedades durante muchísimo tiempo.
Así que los arameos no construyeron un único imperio gigantesco,
pero su lengua consiguió algo todavía más impresionante: sobrevivió
a muchos de los reinos que intentaron conquistarla.
Asiria todavía no había terminado
La propia Asiria atravesó dificultades y perdió el
control de algunos territorios durante esta etapa. Sin
embargo, conservó su núcleo alrededor de Assur y otras
ciudades del norte.
Mientras otros reinos aparecían y desaparecían, los
asirios mantuvieron sus tradiciones políticas,
militares y administrativas. No estaban vencidos:
estaban cogiendo carrerilla.
A partir del siglo X y, sobre todo, del IX a. C.,
los reyes asirios iniciaron una nueva expansión.
Recuperaron territorios, reorganizaron el ejército y
empezaron a construir el mayor imperio que el Próximo
Oriente había conocido hasta entonces.
Después de setecientos años de casitas, hurritas,
alianzas, saqueos, dioses secuestrados y reyes
escribiéndose para pedir más oro, Asiria estaba a
punto de entrar en escena diciendo: «Apartaos un
momento, que ahora voy yo».
Idea esencial
Entre Hammurabi y el Imperio neoasirio,
Mesopotamia no quedó vacía ni se pasó setecientos
años esperando al capítulo siguiente. Los casitas
gobernaron Babilonia durante siglos, Mitanni
dominó parte del norte, Asiria fue creciendo hasta
convertirse en una gran potencia y Elam entraba
cada cierto tiempo para llevarse ciudades, dioses
y algún monumento de recuerdo.
Parte X
Asiria y el imperio de Nínive
Cómo Asiria acabó dominando medio mundo conocido
Imperio neoasirio
◇
911–609a. C.
Asiria no apareció de repente repartiendo tortas
Lo primero que debemos aclarar es que Asiria no nació
en el año 911 a. C. con un ejército gigantesco,
guerreros musculosos y un rey gritando:
«¡Venga, vamos a conquistar el mundo!».
Su historia había comenzado muchos siglos antes en el
norte de Mesopotamia, alrededor de la ciudad de
, situada junto al Tigris. La
ciudad tomó su nombre del dios Assur, o quizá ocurrió
al revés; el asunto todavía da conversación entre los
especialistas.
Durante las primeras etapas, los asirios destacaron
tanto por el comercio como por la guerra. Sus
mercaderes mantenían colonias comerciales en Anatolia
y transportaban tejidos y estaño a cambio de plata.
Es decir, antes de hacerse famosos por conquistar
ciudades ya eran expertos en mandar caravanas,
negociar precios y preguntar por qué demonios todavía
no había llegado el cargamento.
Asiria pasó por épocas de independencia, expansión,
debilidad y dominio extranjero. Durante siglos tuvo
que competir con Mitanni, , los hititas, los
arameos y otros vecinos con idéntica afición por mirar
el territorio ajeno y pensar:
«Pues no está nada mal eso que tenéis; casi mejor me lo quedo yo».
La Asiria media había calentado motores
Entre los siglos XIV y XI a. C., los reyes de la
Asiria media ya habían construido
un Estado importante. Conquistaron territorios,
crearon provincias y desarrollaron formas de control
que luego utilizarían sus sucesores.
Pero al final del II milenio a. C. llegaron nuevos
problemas. La crisis de la Edad del Bronce alteró las
rutas comerciales, varios Estados se vinieron abajo y
grupos arameos se instalaron en Siria y en la Alta
Mesopotamia.
Asiria perdió territorios y quedó encerrada alrededor
de su núcleo original. No desapareció, pero tuvo que
recoger velas y aguantar el chaparrón.
Durante un tiempo pareció que el gran proyecto asirio
había terminado. Pero aquello no era una desaparición:
era una pausa para afilar las lanzas.
Los reyes asirios deciden recuperar “lo suyo”
A partir del siglo X a. C., los reyes asirios
comenzaron a recuperar antiguos territorios. Ellos
presentaban aquellas campañas como una restauración
del orden: no estaban conquistando tierras ajenas,
faltaría más; simplemente recuperaban regiones que
consideraban suyas.
Una explicación muy cómoda. Si tu ejército entra en la
ciudad del vecino, siempre queda mejor decir
«restitución territorial» que «me ha gustado y he
venido a quedármela».
Con Asurnasirpal II, en el siglo IX
a. C., la expansión tomó velocidad. Sus ejércitos
avanzaron hacia el norte y el oeste, exigieron tributos
y castigaron con enorme dureza a las ciudades que se
resistieron.
Asurnasirpal trasladó la capital a
, la ciudad que hoy conocemos
como Nimrud, y construyó allí un palacio monumental.
Para inaugurarlo organizó un banquete gigantesco al
que, según una inscripción, asistieron decenas de miles
de personas.
Porque si acabas de construir una capital y quieres
que todo el mundo se entere de que te va estupendamente,
no invitas a cuatro amigos a tomar una cerveza:
organizas el fiestón del siglo y después lo grabas en
piedra.
Un ejército preparado para casi cualquier marrón
El ejército asirio no vencía porque sus soldados
fueran seres invencibles nacidos con una espada entre
los dientes. Su fuerza procedía de la organización,
la experiencia y la capacidad para combinar distintos
tipos de tropas.
Contaban con lanceros, arqueros, honderos, carros de
guerra, caballería y unidades auxiliares procedentes
de los territorios sometidos. Mientras unos protegían
a los arqueros con grandes escudos, otros atacaban los
flancos o perseguían a quienes intentaban escapar.
El hierro tuvo importancia, pero no fue un truco
secreto que solo conocieran ellos. Otros pueblos
también empleaban armas de hierro. La diferencia
estaba en reunir tropas variadas, abastecerlas y
conseguir que llegaran juntas al sitio adecuado sin
que la mitad se perdiera por el camino.
Además, el ejército incorporaba soldados de los
pueblos conquistados. Asiria podía presentarse con
tropas de distintas lenguas y procedencias, todas
reunidas bajo el mismo mando y con pocas posibilidades
de decir: «Pues a mí esta guerra me viene fatal».
¿Te has encerrado detrás de una muralla? ¡Qué mono!
Las ciudades antiguas confiaban en sus murallas.
Cerraban las puertas, almacenaban comida y esperaban
que el atacante se cansara antes que ellas.
Los asirios miraban aquellas defensas y debían de
pensar: «Qué pared tan bonita. Vamos a abrirle un
agujero».
Sus ejércitos utilizaron rampas, escaleras, túneles,
arietes y máquinas de asedio protegidas. Los zapadores
intentaban debilitar los muros, mientras los arqueros
cubrían el avance y los defensores respondían con todo
lo que encontraban a mano.
Un asedio podía durar meses y seguía siendo una
operación complicada. Los asirios no ganaron todas
sus campañas ni conquistaron cada ciudad al primer
intento. Pero desarrollaron una experiencia enorme en
el noble arte de presentarse ante una muralla y
convertirla en escombros.
La fama de bestias tampoco fue casualidad
Las inscripciones asirias describen castigos brutales:
ejecuciones, mutilaciones, empalamientos y ciudades
incendiadas. Sus palacios mostraban relieves con
enemigos derrotados, prisioneros y montones de cabezas.
Parte de aquella violencia fue real y no conviene
disfrazarla. Las campañas podían arrasar comunidades
enteras y causar un sufrimiento enorme.
Pero también había propaganda. Los reyes querían que
la siguiente ciudad contemplara aquellas imágenes y
pensara: «¿Sabes qué? Igual pagar el tributo tampoco
es tan mala idea».
El terror ahorraba trabajo. Si tu fama llegaba antes
que el ejército, algunos enemigos se rendían sin
obligarte a pasar seis meses golpeando una muralla.
Los escribas reales, que cobraban del rey y tenían
cero interés en señalar sus derrotas, lo presentaban
como una máquina imparable protegida por los dioses.
Si una campaña salía regular, esa tablilla
curiosamente no encabezaba la colección.
Conquistar medio mundo está bien; administrarlo ya es otro tema
Los asirios descubrieron el mismo problema que todos
los imperios: ocupar una ciudad resulta más fácil que
conseguir que siga obedeciendo durante los próximos
cincuenta años.
Algunos gobernantes derrotados conservaron sus tronos
a cambio de pagar tributos y apoyar a Asiria. Mientras
cumplieran, podían seguir mandando un poquito y
fingiendo delante de sus vecinos que aquello había sido
idea suya.
Si dejaban de obedecer, Asiria podía convertir el
territorio en una provincia gobernada directamente por
un funcionario imperial. Se realizaban censos, se
cobraban impuestos, se reclutaban soldados y se enviaban
informes a la corte.
El rey estaba lejos, pero siempre había un gobernador,
un inspector o un señor con una tablilla preguntando
por qué faltaban treinta ovejas en las cuentas.
Carreteras, mensajeros y el WhatsApp imperial
Para controlar un territorio tan extenso, los asirios
crearon una red de caminos y estaciones donde los
mensajeros podían cambiar de montura y continuar el
viaje.
Los correos oficiales transportaban órdenes, informes
y noticias entre las provincias y la corte. Aquello
permitía al rey enterarse con rapidez de una rebelión,
una invasión o un gobernador que estaba poniéndose
demasiado creativo con los impuestos.
Era el WhatsApp del imperio, solo que el mensaje no
llegaba en dos segundos: llegaba a caballo, cubierto de
polvo y probablemente con el mensajero pidiendo agua.
El sistema no era instantáneo, pero para su época
resultaba extraordinariamente eficaz. Sin esas rutas,
el imperio habría sido un montón de territorios
desconectados esperando la primera oportunidad para
montar cada uno su propia fiesta.
Las deportaciones: mover pueblos enteros como quien cambia muebles
Una de las políticas más características de Asiria
fueron las deportaciones masivas.
Después de conquistar una región, las autoridades
podían trasladar a parte de su población a otro
territorio del imperio.
No se trataba siempre de llevarse únicamente
prisioneros encadenados. También trasladaban
agricultores, artesanos, soldados y especialistas cuyas
habilidades resultaban útiles en otras provincias o en
las nuevas capitales.
La idea era romper posibles focos de resistencia,
repoblar territorios y redistribuir mano de obra. Para
el Estado tenía toda la lógica administrativa del
mundo. Para las familias obligadas a abandonar sus
casas debía de ser una auténtica tragedia.
Los asirios movieron a cientos de miles de personas a
lo largo de varias generaciones. El resultado fue un
imperio lleno de poblaciones mezcladas, lenguas
diferentes y gente intentando empezar de nuevo a
cientos de kilómetros de su hogar.
Tiglat-pileser III reorganiza el tinglado
En el siglo VIII a. C., Asiria atravesó problemas
internos y varios gobernadores acumularon demasiado
poder. Entonces llegó
Tiglat-pileser III, tomó el trono y
reorganizó profundamente el imperio.
Redujo el tamaño de algunas provincias, nombró
gobernadores más dependientes del rey y amplió el
control directo sobre los territorios conquistados.
La idea era sencilla: si un gobernador tiene una
provincia enorme, un ejército propio y demasiados
amigos, cualquier mañana puede despertarse pensando:
«¿Y si el rey fuera yo?».
Así que Tiglat-pileser repartió mejor el poder, reforzó
el ejército permanente y consiguió que la maquinaria
imperial volviera a funcionar a toda velocidad.
Un imperio con más capitales que algunos tienen casas
Asiria no tuvo una única capital durante toda su
historia. Assur conservó una enorme
importancia religiosa; Asurnasirpal II engrandeció
Kalhu; Sargón II construyó
; y Senaquerib convirtió
en una capital monumental.
Cada nuevo rey parecía mirar la ciudad de su padre y
pensar: «Sí, está muy bien, pero la mía va a tener un
palacio más grande, jardines más bonitos y toros
alados que se vean desde la otra punta del reino».
Construir una nueva capital permitía crear una corte
propia, controlar a los funcionarios y mostrar a los
embajadores extranjeros que el rey tenía recursos para
levantar una ciudad monumental porque le había dado la
gana.
De Asiria a Egipto: ahora sí mandaban una barbaridad
Con Sargón II,
Senaquerib,
Asarhaddón y
Asurbanipal, el imperio alcanzó su
máxima extensión.
Sus ejércitos dominaron Mesopotamia, Siria y gran parte
del Levante, entraron en Anatolia, combatieron contra
Elam e incluso conquistaron Egipto durante un tiempo.
En el siglo VII a. C., el rey asirio podía afirmar que
gobernaba desde las montañas iranias hasta las costas
del Mediterráneo y el valle del Nilo.
Naturalmente, una cosa era conquistar semejante
extensión y otra conseguir que nadie se rebelara.
El imperio era enorme, poderoso y también un avispero
al que había que golpear continuamente para que no se
desmontara.
Y al final se desmontó
Tras la muerte de Asurbanipal, Asiria entró en una
crisis política. Hubo disputas por el trono, varias
regiones se rebelaron y los enemigos del imperio
vieron que el matón del barrio comenzaba a caminar con
muletas.
Los babilonios, dirigidos por
Nabopolasar, se rebelaron contra el
dominio asirio y se aliaron con los medos, procedentes
de la meseta iraní.
Los mismos pueblos que durante siglos habían recibido
visitas poco amistosas del ejército asirio debieron de
mirar el calendario y pensar: «Uy, parece que ha
llegado el día de devolverles el favor».
Assur cayó en 614 a. C. y Nínive fue conquistada en
612 a. C. Los últimos restos del poder asirio
resistieron algunos años más alrededor de , hasta
ser derrotados hacia 609 a. C.
Un imperio que había aterrorizado a sus vecinos durante
siglos desapareció con una rapidez espectacular. No
porque todo su ejército se evaporara de repente, sino
porque se juntaron guerras internas, rebeliones y una
coalición de enemigos que llevaba muchísimo tiempo
esperando su oportunidad.
Idea esencial
Asiria no conquistó un imperio enorme solo porque
sus soldados repartieran palos estupendamente. Su
poder dependía también de provincias, gobernadores,
caminos, mensajeros, impuestos, deportaciones y una
propaganda diseñada para que el enemigo se rindiera
antes de que llegaran los arietes. La maquinaria
funcionó durante siglos, hasta que las piezas
empezaron a saltar todas a la vez.
La ciudad que quiso dejar pequeño al resto del mundo
ya era antigua cuando Senaquerib llegó con sus albañiles
Nínive no fue fundada por los reyes
neoasirios. La ciudad llevaba habitada miles de años y
era un importante centro religioso relacionado con la
diosa Ishtar.
Así que Senaquerib no apareció en medio de un descampado
diciendo: «Aquí mismo me hacéis una capital para el
viernes». Lo que hizo fue transformar una ciudad
antiquísima en el gran escaparate de su imperio.
Cuando Senaquerib subió al trono en
705 a. C., abandonó la capital construida por su padre,
Sargón II, en y trasladó la corte a
Nínive.
Podría haber aprovechado lo que ya existía, pero eso no
era suficientemente espectacular. Senaquerib quería una
capital capaz de decirle a cualquier visitante:
«Sí, todo esto es mío, y todavía no has visto el
palacio».
El “Palacio sin Rival”, porque la modestia había salido a dar una vuelta
Senaquerib construyó una residencia enorme a la que
llamó Palacio sin Rival. No
«Palacio Bastante Bonito» ni «Residencia Real
Aceptable». Sin Rival. Para qué andar con timideces.
El complejo tenía grandes patios, salas ceremoniales,
dependencias administrativas y kilómetros de muros
decorados con relieves.
Las entradas estaban protegidas por
lamassu, toros o leones alados con
cabeza humana. Algunas de aquellas esculturas pesaban
decenas de toneladas.
Transportarlas exigía arrastrarlas sobre enormes
trineos mientras cuadrillas enteras tiraban de las
cuerdas. Arriba, un encargado agitaba los brazos y daba
órdenes; abajo, centenares de personas se dejaban la
espalda pensando seguramente que una estatua más
pequeñita habría protegido la puerta exactamente igual.
Relieves para contar la versión oficial
Las paredes de los palacios estaban cubiertas con
relieves que mostraban campañas militares, asedios,
cacerías, ceremonias y entregas de tributos.
No eran simples adornos. Formaban una narración visual
destinada a embajadores, funcionarios y visitantes.
Los enemigos aparecían derrotados; el ejército asirio,
perfectamente organizado; y el rey, siempre magnífico.
Nadie encargaba un relieve titulado:
«Aquella campaña en la que nos salió todo fatal y
tuvimos que volver a casa corriendo».
Uno de los conjuntos más famosos representa el asedio
de , una ciudad del reino de
Judá conquistada por Senaquerib. Las imágenes muestran
rampas de asedio, arietes, soldados, prisioneros y
deportaciones con un nivel de detalle extraordinario.
Aquello era historia, propaganda y amenaza reunidas en
una pared: «Esto le ocurrió a Laquis. Tú verás si
pagas el tributo».
Una ciudad gigantesca también necesita agua
El gran problema de convertir Nínive en una capital
monumental era abastecer de agua a sus habitantes,
palacios, campos y jardines.
Senaquerib mandó construir una extensa red de canales
que llevaba agua desde regiones situadas a decenas de
kilómetros. En algunos lugares fue necesario salvar
valles mediante grandes estructuras de piedra, como
el acueducto de Jerwan.
No bastaba con decir: «Quiero jardines preciosos».
Después había que conseguir que el agua subiera,
bajara, cruzara montañas y apareciera justo donde al
rey le apetecía plantar un árbol.
Las obras transformaron el paisaje alrededor de la
capital y permitieron mantener huertos y jardines con
plantas traídas de distintos lugares del imperio.
Algunos investigadores han propuesto que las famosas
historias sobre los Jardines Colgantes podrían estar
relacionadas con Nínive en lugar de , aunque
la cuestión continúa discutiéndose. Así que podemos
contar la hipótesis, pero todavía no entregar a
Senaquerib el trofeo de jardinero oficial.
Asurbanipal: guerrero, rey y empollón orgulloso
Décadas después gobernó
Asurbanipal, uno de los últimos
grandes reyes de Asiria. Como todos los monarcas
asirios, se presentaba como guerrero victorioso,
cazador de leones y protegido de los dioses.
Pero Asurbanipal presumía también de saber leer y
escribir. Afirmaba dominar el trabajo de los escribas
y comprender textos difíciles.
En una corte donde la mayoría de los reyes delegaban
esas tareas, él venía a decir: «Sí, gobierno medio
mundo, disparo con arco y además entiendo las
tablillas. ¿Tú qué has hecho esta mañana?».
Una biblioteca para guardar todo el conocimiento posible
Asurbanipal reunió en Nínive una enorme colección de
textos. Ordenó buscar tablillas en templos y centros
de conocimiento de distintas ciudades, especialmente
en Babilonia.
Los escribas copiaron obras literarias, rituales,
presagios, plegarias, textos médicos, listas de
palabras, documentos administrativos y tratados de
adivinación.
La colección no era una biblioteca pública donde el
vecino de Nínive entraba, sacaba una tablilla y la
devolvía cuando terminaba. Formaba parte de los
archivos y colecciones palaciegas y estaba vinculada
al gobierno, la religión y el conocimiento de la
corte.
Los expertos estudiaban aquellos textos para curar
enfermedades, interpretar eclipses, realizar rituales
y averiguar si los dioses estaban avisando al rey de
que se acercaba algún marrón.
Gilgamesh reaparece entre miles de fragmentos
Entre los textos encontrados en Nínive aparecieron
tablillas con versiones de la
Epopeya de Gilgamesh, incluido el
famoso relato del diluvio.
Asurbanipal no escribió la epopeya ni conservó su única
copia. La historia llevaba circulando más de mil años
y se conocen fragmentos procedentes de otros lugares.
Pero las tablillas de Nínive fueron fundamentales para
que los investigadores modernos pudieran reconstruir
una parte considerable de la obra.
La biblioteca no «inventó» a Gilgamesh: simplemente
guardó sus aventuras con tanto cuidado que el hombre
consiguió volver a dar la lata varios milenios
después.
¿Cuántos libros había?
En las ruinas de Nínive se encontraron más de
30.000 tablillas y fragmentos. Eso no
significa que hubiera 30.000 obras completas: muchas
tablillas estaban rotas y varios fragmentos podían
pertenecer al mismo texto.
Además, hoy sabemos que no todo procedía de una única
habitación perfectamente ordenada con estanterías y
cartelitos. Había distintas colecciones y archivos
repartidos por los palacios.
La imagen romántica de una biblioteca intacta,
congelada en el tiempo y esperando a los arqueólogos,
queda preciosa. La realidad se parecía más a entrar en
un almacén después de que alguien hubiera lanzado
treinta mil piezas de puzle por el suelo.
612 a. C.: se acabó la fiesta
Tras la muerte de Asurbanipal, el imperio se debilitó.
Las luchas internas desgastaron a la monarquía, los
babilonios se rebelaron y los medos se unieron al
ataque.
En 612 a. C., la coalición conquistó Nínive. La ciudad
fue saqueada e incendiada y los palacios quedaron
destruidos.
El fuego arrasó edificios, vigas, muebles y todo lo que
podía arder. Sin embargo, muchas tablillas de arcilla
se endurecieron con el calor y lograron sobrevivir.
La destrucción que acabó con la capital ayudó,
paradójicamente, a conservar parte de sus textos. Los
asirios habrían preferido claramente otro método de
archivado, pero cuatro mil años después no estamos
para ponernos exigentes.
Las ruinas terminaron cubiertas por la tierra y la
localización de la gran capital se perdió para buena
parte del mundo. En el siglo XIX, las excavaciones
sacaron de nuevo a la luz los palacios, los relieves,
los toros alados y las tablillas.
Nínive regresó a la historia después de más de dos mil
años guardando silencio. Y cuando volvió, traía consigo
una biblioteca, palacios enteros y suficientes
relieves como para contar su propia versión de los
hechos.
Idea esencial
Nínive era una ciudad antiquísima, pero Senaquerib
la convirtió en una capital imperial de campeonato,
con palacios, canales, jardines y relieves que
recordaban a los visitantes quién mandaba allí.
Asurbanipal añadió una extraordinaria colección de
tablillas y, cuando la ciudad fue destruida, el
fuego que arrasó sus edificios ayudó a conservar
parte de sus textos. Una desgracia para los
asirios; un golpe de suerte bastante incómodo para
los arqueólogos.
Parte XI
El último esplendor de Babilonia
Nabucodonosor II y la Babilonia monumental
Reinado de Nabucodonosor II
◇
605–562a. C.
Cuando cayó en 612 a. C., los babilonios debieron de mirar el panorama y pensar: «Anda, pues ahora el imperio puede ser nuestro». No lo consiguieron solos: Nabopolasar, fundador de la dinastía neobabilónica, se había aliado con los medos para rematar al poder asirio. volvió así al centro del escenario después de siglos soportando que otros le dijeran quién mandaba.
Su hijo Nabucodonosor II heredó el trono en 605 a. C., después de derrotar a los egipcios en . Aquella victoria dejó buena parte de Siria y el Levante bajo dominio babilónico. Es decir: el muchacho no llegó precisamente diciendo «a ver qué tal se me da esto»; llegó con el currículum militar ya calentito.
Babilonia se pone sus mejores galas
Nabucodonosor convirtió en una capital monumental. Reparó murallas, palacios y templos, levantó una nueva Puerta de Ishtar y embelleció la Vía Procesional con ladrillos vidriados de colores. Los leones representaban a Ishtar; los toros y los dragones mušḫuššu estaban vinculados a otras divinidades. Aquello no era decoración porque sí: cada animal venía a decir «esta ciudad está protegida por los dioses; tú sabrás si quieres buscarte problemas».
Durante la fiesta del Año Nuevo, las imágenes divinas recorrían aquella avenida y el rey participaba en los rituales de Marduk. Religión, política y espectáculo iban en el mismo paquete. Si querías impresionar a los habitantes, a los embajadores extranjeros y de paso al mismísimo universo, una puerta gigantesca cubierta de azul brillante ayudaba bastante.
Etemenanki y los jardines que nadie encuentra
En el centro religioso se alzaba Etemenanki, el gran zigurat asociado al templo de Marduk. Nabucodonosor participó en su restauración, aunque la construcción tenía una historia anterior. Su enorme silueta pudo contribuir, siglos después, a la imagen literaria de la Torre de Babel.
¿Y los famosos Jardines Colgantes? Aquí llega el pinchazo del globo: las fuentes babilónicas conocidas no dicen claramente que Nabucodonosor construyera semejante maravilla y la arqueología no ha identificado sus restos con seguridad. Algunos investigadores los sitúan en Babilonia; otros han propuesto que la tradición nació a partir de los jardines y sistemas hidráulicos de . Conclusión: jardines espectaculares hubo, pero ponerles dirección postal sigue siendo meterse en un jardín, nunca mejor dicho.
Un imperio brillante, pero nada tranquilo
El esplendor de la capital se pagaba con impuestos, tributos, campañas y trabajo. Nabucodonosor intervino repetidamente en el Levante y tomó en 597 a. C.; tras una nueva rebelión, la ciudad fue destruida en 587/586 a. C. y parte de su población fue deportada. Para Babilonia aquello era política imperial; para la historia de Judá fue una catástrofe que dejó una huella enorme en la Biblia.
Después de Nabucodonosor llegaron reinados breves, cambios de monarca y conspiraciones palaciegas. El último rey, Nabónido, mostró una devoción especial por el dios lunar Sin y pasó años lejos de la capital, en Tayma. Mientras tanto, su hijo Belsasar se ocupó de buena parte del gobierno. Entre tensiones religiosas y un enemigo persa creciendo a toda velocidad, el imperio tenía una fachada deslumbrante y unas cuantas grietas detrás del decorado.
Idea esencial
El Imperio neobabilónico fue el último gran periodo de independencia política de Babilonia antes de la conquista persa.
Parte XII
El final de los grandes imperios mesopotámicos
Mesopotamia entra en el Imperio persa
Conquista persa de
◇
539a. C.
En 539 a. C., Ciro II de Persia llegó al frente de un imperio que ya se había merendado Media y Lidia. Babilonia seguía siendo una ciudad formidable, pero enfrente tenía a un conquistador que coleccionaba reinos como quien dice «este también me queda bien, me lo llevo».
La conquista, contada por los vencedores
La Crónica de Nabónido, conservada en una copia posterior, cuenta que los persas derrotaron al ejército babilónico en Opis, tomaron sin combate y entraron después en Babilonia. Nabónido fue capturado. La capital no sufrió la destrucción monumental que había padecido : cambió de dueño, que no es precisamente poca cosa, pero siguió funcionando.
El llamado Cilindro de Ciro presenta una versión muy conveniente para el nuevo jefe: Nabónido había ofendido a Marduk, la población estaba harta y el dios eligió a Ciro para arreglar el desaguisado. Vamos, que Ciro no se anunciaba como invasor, sino como el señor que venía a poner orden porque hasta la divinidad local estaba ya hasta el gorro del anterior.
El texto afirma que restauró santuarios y devolvió imágenes divinas y poblaciones a distintos lugares. Es una fuente extraordinaria, pero también es propaganda real babilónica: no una rueda de prensa neutral ni la primera declaración moderna de derechos humanos. Ciro quería gobernar y para ello se presentó usando el lenguaje religioso que los habitantes de Babilonia conocían perfectamente.
¿Se acabó Mesopotamia? Ni de broma
La conquista terminó con la independencia del Imperio neobabilónico, no con sus ciudades ni con su cultura. Los escribas continuaron redactando tablillas, los templos siguieron administrando bienes y los astrónomos babilonios observaron el cielo durante siglos. Babilonia sería gobernada por persas, después por macedonios y seléucidas, pero el conocimiento acumulado allí no desapareció porque alguien cambiara el nombre escrito en la casilla de «rey».
Idea esencial
La conquista persa puso fin a la independencia política de Babilonia, pero no acabó con la cultura mesopotámica.
Parte XIII
Mesopotamia y la Biblia
Ni tragárselo todo sin preguntar ni tirarlo todo a la papelera
La Biblia no es un libro escrito de una sentada ni un acta notarial enviada desde la Antigüedad. Es una biblioteca creada y editada durante siglos: contiene leyes, poemas, relatos, profecías, memorias y reflexiones religiosas. Algunas páginas mencionan personas y acontecimientos conocidos también por fuentes mesopotámicas; otras conservan tradiciones que la arqueología no puede comprobar.
El método serio no consiste en gritar «todo ocurrió exactamente así» ni en despacharlo con un «bah, todo inventado». Hay que comparar cada afirmación con fechas, excavaciones, textos independientes y géneros literarios. Encontrar una ciudad bíblica confirma que la ciudad existió; no obliga al arqueólogo a sellar como histórico todo lo que el relato cuenta dentro de ella. Ojalá fuera tan fácil: pico, pala, cartel de la ciudad y misterio resuelto antes del bocadillo.
Nivel de evidencia
Qué significa
Confirmación externa
Una fuente independiente menciona al personaje, lugar o acontecimiento.
Contexto compatible
El relato encaja con costumbres o paisajes conocidos, pero eso no demuestra por sí solo que sucediera.
Paralelo literario
Dos textos comparten motivos o estructuras; parecido no significa automáticamente copia directa.
Sin pruebas suficientes
Con lo que tenemos no se puede confirmar ni negar de manera concluyente.
Idea esencial
La historia trabaja con grados de certeza. Confirmar el escenario no confirma toda la obra, y no encontrar una prueba tampoco permite declarar que algo jamás ocurrió.
Una geografía parcialmente reconocible
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 2:10–14 · Reina-Valera 1909
10 Y salía de Edén un río para regar el huerto, y de allí se repartía en cuatro ramales.
11 El nombre del uno era Pisón: éste es el que cerca toda la tierra de Havilah, donde hay oro;
12 Y el oro de aquella tierra es bueno: hay allí también bdelio y piedra cornerina.
13 El nombre del segundo río es Gihón: éste es el que rodea toda la tierra de Etiopía.
14 Y el nombre del tercer río es Hiddekel: éste es el que va delante de Asiria. Y el cuarto río es el Éufrates.
Dos nombres —Tigris, llamado Hiddekel aquí, y Éufrates— son perfectamente reconocibles y llevan nuestra cabeza directa al Próximo Oriente. Los otros dos, Pisón y Gihón, llevan siglos haciendo sudar tinta a quien intenta localizarlos.
¿Qué podemos comprobar? El Tigris y el Éufrates existen, faltaría más. Pisón y Gihón no han sido identificados de manera convincente y la descripción de un río que se divide en cuatro no encaja sin más con la red hidrográfica conocida. Se han propuesto Armenia, el sur de Irak, el golfo Pérsico y media docena de alternativas, pero ninguna ha podido colgar el cartel científico de «Edén: pase usted».
La arqueología reconstruye antiguos cauces, humedales y asentamientos, pero no ha encontrado un jardín identificable con el del relato. Podemos afirmar que el texto utiliza la geografía mental del Próximo Oriente; ponerle coordenadas al paraíso ya es otro cantar.
Conclusión histórica
Dos ríos son identificables; el jardín y el sistema completo de cuatro ríos no tienen una localización científica demostrada.
Ciudades reales alrededor de un personaje escurridizo
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 10:8–12 · Reina-Valera 1909
8 Y Cush engendró á Nimrod, éste comenzó á ser poderoso en la tierra.
9 Este fué vigoroso cazador delante de Jehová; por lo cual se dice: Así como Nimrod, vigoroso cazador delante de Jehová.
10 Y fué la cabecera de su reino Babel, y Erech, y Accad, y Calneh, en la tierra de Shinar.
11 De aquesta tierra salió Assur, y edificó á Nínive, y á Rehoboth, y á Calah,
12 Y á Ressen entre Nínive y Calah; la cual es ciudad grande.
El pasaje coloca a Nimrod en una geografía que no se ha inventado sobre la marcha. Erec suele identificarse con , Babel con y Acad con la capital todavía no localizada del Imperio acadio. La Cala bíblica suele relacionarse con , una gran ciudad asiria situada en el yacimiento actual de Nimrud.
Además, el versículo 11 les ha dejado una pequeña encerrona a los traductores: el hebreo puede entenderse como que Nimrod marchó hacia Asiria o como que Asur salió de aquella tierra. De ahí que distintas Biblias redacten el viaje de forma diferente. No es que una haya perdido el GPS; el original admite discusión.
Las ciudades son reales, pero Nimrod se nos escurre entre los dedos. Se ha intentado identificarlo con Sargón, Naram-Sin, Tukulti-Ninurta y otros reyes, haciendo auténticos sudokus con nombres y hazañas. Ninguna propuesta tiene aceptación general ni ha aparecido una tablilla diciendo: «Yo, Nimrod; caso cerrado, podéis iros a casa».
Conclusión histórica
El pasaje conserva geografía mesopotámica auténtica, pero no conocemos un soberano que pueda identificarse de forma segura con Nimrod.
Preguntas parecidas, respuestas que toman caminos muy distintos
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 1:1–2:3 · selección · Reina-Valera 1909
1 En el principio crió Dios los cielos y la tierra.
2 Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la haz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la haz de las aguas.
6 Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.
14 Y dijo Dios: Sean lumbreras en la expansión de los cielos para apartar el día y la noche.
27 Y crió Dios al hombre á su imagen, á imagen de Dios lo crió; varón y hembra los crió.
2:2 Y acabó Dios en el día séptimo su obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda su obra que había hecho.
Génesis presenta una creación ordenada por la palabra divina y distribuida en días. El poema babilónico Enuma Elish, conservado en tablillas del primer milenio a. C. que transmiten una tradición anterior, cuenta cómo Marduk vence a Tiamat y organiza el cosmos después de una guerra entre dioses.
Hay elementos comparables: aguas primordiales, separación y ordenación del mundo, astros y culminación de la obra. Hasta ahí, cierto aire de familia. Pero en cuanto entramos al salón, resulta que cada relato ha montado una reunión completamente distinta. En el Enuma Elish hay una pelea divina de campeonato, Marduk termina como autoridad suprema y los humanos cargan con el trabajo de los dioses. En Génesis hay un solo Dios, no existe combate entre divinidades y el ser humano ocupa un lugar especialmente digno.
Las semejanzas sitúan ambos textos dentro de las conversaciones culturales del antiguo Próximo Oriente. No demuestran que alguien copiara una tablilla, cambiara cuatro nombres y entregara el trabajo cinco minutos antes del cierre. Lo interesante es estudiar qué motivos comparten y cómo cada tradición los transforma para expresar ideas muy diferentes.
Conclusión histórica
Los paralelos revelan un entorno cultural común; las diferencias muestran que Génesis no se limita a repetir la teología babilónica.
Cuando varias tradiciones antiguas llegan con el agua hasta el cuello
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 6–9 · selección · Reina-Valera 1909
6:14 Hazte un arca de madera de Gopher: harás aposentos en el arca, y la embetunarás con brea por dentro y por fuera.
7:17 Y fué el diluvio cuarenta días sobre la tierra; y las aguas crecieron, y alzaron el arca, y se elevó sobre la tierra.
8:6–8 Abrió Noé la ventana del arca [...] y envió al cuervo [...] Envió también de sí á la paloma, para ver si las aguas se habían retirado.
8:11 Y la paloma volvió á él á la hora de la tarde; y he aquí que traía una hoja de oliva tomada en su pico.
8:20 Y edificó Noé un altar á Jehová [...] y ofreció holocausto en el altar.
En la tradición sumeria aparece Ziusudra; en Atrahasis, un hombre recibe instrucciones para construir una embarcación; y en la tablilla XI de Gilgamesh, Utnapishtim relata cómo sobrevivió a una inundación enviada por los dioses. Hay aviso, barco, vidas salvadas, aves y sacrificio. Vamos, que el parecido no se despacha con un «será casualidad» mientras uno silba y mira al techo.
También cambian cosas importantes: motivos del desastre, carácter de la divinidad, duración, forma del barco y sentido final. Los relatos no son fotocopias; pertenecen a una familia narrativa que fue cambiando de casa, de idioma y de explicación religiosa.
Las excavaciones han encontrado capas de inundación en , y Shuruppak, pero no son todas de la misma fecha ni prueban una inundación universal. En una llanura donde los ríos podían ponerse estupendos y llevarse media ciudad por delante, varias catástrofes locales pudieron alimentar recuerdos transmitidos durante siglos.
Conclusión histórica
Los paralelos literarios son claros; la arqueología documenta inundaciones locales, no una única inundación universal demostrada.
Una ruta reconocible y un viajero que no dejó pasaporte
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 11:31–32 · Reina-Valera 1909
31 Y tomó Taré a Abram su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sarai su nuera, mujer de Abram su hijo, y salió con ellos de Ur de los caldeos, para ir a la tierra de Canaán; y vinieron hasta Harán, y se quedaron allí.
32 Y fueron los días de Taré doscientos cinco años; y murió Taré en Harán.
La tradición lleva a la familia de Abraham desde « de los caldeos» hasta , camino de Canaán. Ambas ciudades existieron y fueron centros importantes vinculados al culto del dios lunar. El itinerario, por tanto, no apunta a Villaconejos del Éufrates: se mueve por lugares históricos de verdad.
Lo que no tenemos es una tablilla de viaje, una casa con felpudo de «Abraham» ni una inscripción que identifique al patriarca. La arqueología confirma el escenario, no al viajero concreto.
Además, los caldeos están documentados claramente en el sur de durante el primer milenio a. C., después de la época tradicional de los patriarcas. «Ur de los caldeos» puede ser una actualización geográfica posterior, como decir que alguien nació en Estambul cuando la ciudad aún se llamaba Constantinopla.
Conclusión histórica
Ur, Harrán y la ruta son históricamente plausibles; no contamos con pruebas independientes que permitan identificar a Abraham.
Una torre, una ciudad y un proyecto urbanístico que se vino arriba
¿Qué dice la Biblia?
Génesis 11:1–9 · selección · Reina-Valera 1909
1 Era entonces toda la tierra de una lengua y unas mismas palabras.
3 Y dijeron los unos á los otros: Vaya, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y fuéles el ladrillo en lugar de piedra, y el betún en lugar de mezcla.
4 Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre.
7 Ahora pues, descendamos, y confundamos allí sus lenguas, para que ninguno entienda el habla de su compañero.
9 Por esto fué llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la tierra.
fue real y tuvo un zigurat gigantesco: Etemenanki, la «Casa del fundamento del cielo y de la tierra». Textos cuneiformes y excavaciones confirman aquel edificio de ladrillo que dominaba la ciudad. Como escenario para una torre descomunal, la candidatura viene con currículum, referencias y foto de carnet.
La arqueología, sin embargo, no puede demostrar que los albañiles empezaran de pronto a pedir el cubo en idiomas diferentes. El relato explica teológicamente la diversidad lingüística y critica la ambición colectiva. Tenemos Babilonia, ladrillos y un zigurat; la confusión instantánea de lenguas pertenece al relato.
Conclusión histórica
La escenografía tiene raíces babilónicas muy reconocibles, pero la arqueología no confirma el episodio sobrenatural de las lenguas.
Problemas parecidos no producen códigos gemelos
¿Qué dice la Biblia?
Éxodo 21:23–30 · selección · Reina-Valera 1909
23 Mas si hubiere muerte, entonces pagarás vida por vida,
24 Ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie,
25 Quemadura por quemadura, herida por herida, golpe por golpe.
28 Si un buey acorneare hombre ó mujer, y de resultas muriere, el buey será apedreado [...]
29 Pero si el buey era acorneador desde ayer y antes de ayer [...] y matare hombre ó mujer, el buey será apedreado, y también morirá su dueño.
Éxodo 21–23 y las leyes de Hammurabi regulan lesiones, esclavitud, robos, daños y hasta al buey problemático del barrio. Si el animal ya tenía fama de embestir y su dueño lo dejó suelto, aquello dejaba de ser «qué mala suerte» y empezaba a parecer una negligencia como una catedral.
Pero no estamos ante el mismo código con una funda distinta. La estela de Hammurabi pertenece al siglo XVIII a. C.; la redacción de los textos bíblicos es posterior y responde a otra sociedad y a otra teología. Cambian las penas, las categorías sociales y la autoridad que sostiene la ley.
El parecido demuestra que estas comunidades compartían un mundo jurídico y problemas cotidianos. Para probar una copia directa hace falta reconstruir una transmisión concreta, no descubrir que dos vecinos antiguos coincidían en que dejar tu buey asesino paseando a sus anchas era una idea regulera.
Conclusión histórica
Las colecciones legales pertenecen a una tradición regional comparable, pero conservan diferencias propias y no deben tratarse como duplicados.
Cuando la Biblia y los reyes asirios cuentan la misma guerra
¿Qué dice la Biblia?
2 Reyes 17:5–6; 18:13 · Reina-Valera 1909
17:5 Y el rey de Asiria partió contra todo el país, y subió contra Samaria, y estuvo sobre ella tres años.
17:6 En el año nueve de Oseas tomó el rey de Asiria á Samaria, y transportó á Israel á Asiria.
18:13 Y á los catorce años del rey Ezechîas, subió Sennachêrib rey de Asiria contra todas las ciudades fuertes de Judá, y tomólas.
Las inscripciones de Sargón II también se atribuyen la conquista de y la deportación de habitantes. Las fuentes discuten quién remató exactamente la faena, pero no si Asiria conquistó el reino del norte: ahí el elefante imperial está plantado en mitad del salón.
Para la campaña de Senaquerib contra Judá en 701 a. C., los anales asirios dicen que tomó ciudades fortificadas y encerró a Ezequías en «como a un pájaro en una jaula», pero no afirman haber conquistado la capital. Los relieves de presumen de la toma de , cuya destrucción está documentada arqueológicamente.
La Biblia pone el foco en que Jerusalén sobrevivió; Senaquerib, en todas las ciudades que sí cayeron y en el tributo cobrado. Es la misma campaña con dos departamentos de prensa: ninguno coloca su momento más incómodo en la portada.
Conclusión histórica
Fuentes bíblicas, asirias y arqueológicas confirman el conflicto general; sus diferencias revelan los intereses de cada narrador.
Una ciudad histórica, dos libros y objetivos muy distintos
¿Qué dice la Biblia?
Jonás 3:3–5, 10 · selección · Reina-Valera 1909
3 Y levantóse Jonás, y fué á Nínive conforme á la palabra de Jehová. Y era Nínive ciudad sobremanera grande, de tres días de camino.
5 Y los hombres de Nínive creyeron á Dios, y pregonaron ayuno, y vistiéronse de sacos desde el mayor de ellos hasta el menor de ellos.
10 Y vió Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino: y arrepintióse del mal que había dicho les había de hacer, y no lo hizo.
Nahúm 3:1–3, 7 · selección · Reina-Valera 1909
1 ¡Ay de la ciudad de sangres, toda llena de mentira y de rapiña, sin apartarse de ella el pillaje!
2 Sonido de látigo, y estruendo de movimiento de ruedas; y caballo atropellador, y carro saltador;
3 Caballero enhiesto, y resplandor de espada, y resplandor de lanza; y multitud de muertos [...]
7 Y será que todos los que te vieren, se apartarán de ti, y dirán: Nínive es asolada: ¿quién se compadecerá de ella?
fue una capital real del Imperio neoasirio. Sus murallas, palacios, relieves y tablillas están excavados; su caída ante babilonios y medos en 612 a. C. también está documentada. La ciudad no necesita que nadie le fabrique un pasado: le sobra pasado por todas partes.
Jonás utiliza Nínive como escenario de una historia sobre arrepentimiento y misericordia. No tenemos confirmación asiria de Jonás, su predicación o una conversión colectiva. Nahúm 2–3, en cambio, celebra la caída de la potencia opresora con un tono que, traducido a lenguaje de grada, viene a ser: «Tanto meter miedo y mira ahora». Es poesía profética, no el parte militar minuto a minuto.
Conclusión histórica
Nínive y su destrucción son históricas; la predicación de Jonás y la conversión colectiva no cuentan con confirmación independiente.
24:10 En aquel tiempo subieron los siervos de Nabucodonosor rey de Babilonia contra Jerusalem; y la ciudad fué cercada.
24:12 Entonces salió Joachîn rey de Judá al rey de Babilonia [...] y prendiólo el rey de Babilonia.
24:14 Y llevó en cautiverio á toda Jerusalem, á todos los príncipes, y á todos los hombres valientes [...] no quedó nadie, excepto los pobres del pueblo de la tierra.
25:9–10 Y quemó la casa de Jehová, y la casa del rey [...] Y todo el ejército de los Caldeos [...] derribó los muros de Jerusalem alrededor.
En 597 a. C., Nabucodonosor tomó y deportó al rey Joaquín, miembros de la corte y especialistas. Una crónica babilónica confirma la captura y la sustitución del rey. Aquí las piezas encajan bastante bien y no hace falta entrar con el martillo para que coincidan.
Tras la rebelión de Sedecías, volvió en 587/586 a. C.: la ciudad fue conquistada, el templo destruido y hubo nuevas deportaciones. Las huellas de destrucción apoyan el desastre, aunque la fecha exacta sigue dando conversación a los especialistas.
Unas tablillas administrativas babilónicas registran raciones para «Yaukin, rey de Judá» y sus hijos, normalmente identificados con Joaquín y su familia. Hasta un rey destronado necesitaba aparecer en la contabilidad: la burocracia babilónica no perdonaba ni una cebada.
Conclusión histórica
Crónicas, tablillas y arqueología confirman el núcleo político del exilio, aunque no certifican cada detalle narrativo.
Un personaje documentado y un puñado de preguntas abiertas
¿Qué dice la Biblia?
Daniel 5:1, 5, 25–30 · selección · Reina-Valera 1909
1 El rey Belsasar hizo un gran banquete á mil de sus príncipes, y en presencia de los mil bebía vino.
5 En aquella misma hora salieron unos dedos de mano de hombre, y escribían delante del candelero sobre lo encalado de la pared del palacio real.
25 Y la escritura que esculpió es: MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN.
28 PERES: Tu reino fué rompido, y es dado á Medos y Persas.
30 La misma noche fué muerto Belsasar, rey de los Caldeos.
Durante mucho tiempo hubo un problema: las listas reales daban como último soberano de Babilonia a Nabónido, no a Belsasar. Después aparecieron textos cuneiformes y el asunto dio un giro estupendo: Belsasar existió, era hijo de Nabónido y gobernó con amplias responsabilidades mientras su padre permanecía años en Tayma.
Eso explica que la tradición lo recuerde como gobernante, pero no arregla cada detalle. No fue rey formal, no era hijo biológico de Nabucodonosor y «Darío el medo» no encaja con seguridad en la sucesión conocida tras la conquista persa. La historia ha recuperado a Belsasar, sí; tampoco le ha regalado automáticamente un sello de «todo comprobado» al resto del capítulo.
Conclusión histórica
Belsasar está documentado como príncipe y regente; el banquete, la escritura milagrosa y varios detalles políticos no tienen confirmación independiente.
Esd 1:2 Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalem, que es en Judá.
Esd 1:3 ¿Quién hay entre vosotros de todo su pueblo? Sea Dios con él, y suba á Jerusalem [...] y edifique la casa á Jehová Dios de Israel.
Is 45:1 Así dice Jehová á su ungido, á Ciro, al cual tomé yo por su mano derecha, para sujetar gentes delante de él.
Esdras atribuye a Ciro la autorización para reconstruir el templo de , e Isaías llega a llamarlo «ungido». Nada mal para un rey extranjero que probablemente jamás imaginó el papel estelar que tendría en otra tradición religiosa.
El Cilindro de Ciro cuenta la conquista en lenguaje babilónico: Marduk elige al rey persa, que restaura cultos y devuelve imágenes divinas y poblaciones a diversas ciudades. Encaja muy bien con una política imperial favorable a restauraciones locales.
Pero atención al frenazo antes de que el entusiasmo nos lleve por delante: el cilindro no menciona a los judíos, Jerusalén ni su templo, y tampoco es una declaración moderna de derechos humanos. Es propaganda real babilónica. Confirma el tipo general de política; no es la copia persa del decreto de Esdras con membrete y sello.
Conclusión histórica
El cilindro ofrece un contexto compatible con los retornos y restauraciones, pero no confirma por sí solo cada detalle del relato bíblico.
Epílogo
El legado de Mesopotamia
Más de tres mil años de historia
Después de semejante viaje es tentador cerrar diciendo: «Los mesopotámicos lo inventaron todo» y marcharnos tan contentos. Queda estupendo, pero sería mentira. Muchas sociedades desarrollaron ciudades, leyes, escritura y conocimientos por caminos propios. El mérito de Mesopotamia no necesita que le regalemos inventos ajenos: con lo que hizo de verdad ya va sobrada.
La escritura: empezó llevando cuentas y terminó preguntándose por la muerte
Los primeros sistemas escritos documentados en nacieron ligados a la administración. Había que registrar grano, animales, terrenos y trabajo, porque intentar recordarlo todo de cabeza era una manera estupenda de acabar discutiendo en el almacén.
Con el tiempo, el cuneiforme sirvió para escribir lenguas diferentes y guardar cartas, tratados, himnos, recetas médicas, presagios, ejercicios escolares y literatura. Una herramienta creada para controlar cebada terminó conservando la Epopeya de Gilgamesh. Del recibo del almacén a la angustia por la mortalidad humana: menudo recorrido.
Ciudades, administración y poder por escrito
Mesopotamia desarrolló formas cada vez más complejas de organizar ciudades, templos, palacios, provincias e imperios. Eso exigió escribas, archivos, impuestos, contratos y funcionarios. No inventaron la burocracia moderna con su cita previa y su fotocopia por las dos caras, pero demostraron hasta dónde podía llegar un Estado que registraba personas y recursos.
Sus documentos jurídicos permiten estudiar compraventas, matrimonios, adopciones, herencias, deudas y delitos. Las colecciones de Ur-Nammu o Hammurabi no son nuestros códigos civiles, pero muestran cómo el poder intentaba presentar la justicia, resolver conflictos y mantener un orden que beneficiaba de manera muy desigual a cada grupo social.
El sesenta sigue escondido en tu reloj
Los sabios mesopotámicos trabajaron con sistemas numéricos basados en el sesenta. Esa tradición dejó una huella duradera en los 60 minutos de la hora, los 60 segundos del minuto y los 360 grados de la circunferencia. Cada vez que dices «llego en cinco minutos» y apareces veinte después estás utilizando, muy mal por tu parte, una herencia antiquísima.
También elaboraron tablas de multiplicación y recíprocos, resolvieron problemas geométricos y observaron el cielo durante generaciones. Los astrónomos babilonios registraron eclipses y movimientos planetarios con tanta constancia que pudieron reconocer ciclos y hacer predicciones. Mezclaban observación, cálculo, religión y adivinación: no eran científicos modernos con bata, pero tampoco señores inventándose el cielo después de cenar.
Historias que continuaron viajando
Relatos, saberes astronómicos, técnicas administrativas y tradiciones mesopotámicas circularon hacia Anatolia, el Levante, Persia y el mundo mediterráneo. No viajaron intactos dentro de una caja: cada sociedad los tradujo, discutió y transformó. Por eso encontramos ecos mesopotámicos en textos posteriores sin que todo sea una copia literal.
El legado más impresionante quizá sea este: miles de tablillas de barro sobrevivieron a incendios, derrumbes y reyes con afición a conquistar al vecino. Gracias a ellas conocemos nombres, chistes escolares, plegarias, pleitos, cuentas y miedos de personas que vivieron hace milenios. Querían dejar registrado cuánta cebada debía fulanito; terminaron contándonos cómo era su mundo.
Idea esencial
El gran legado de Mesopotamia no fue una única invención, sino la creación y transformación continua de ciudades, Estados, escritura, leyes, conocimientos y tradiciones durante milenios.
Para estudiar
Glosario y preguntas de repaso
Concepto
Definición breve
Ciudad-Estado
Ciudad políticamente independiente y el territorio agrícola que controlaba.
Cuneiforme
Sistema de escritura realizado principalmente con impresiones en forma de cuña sobre arcilla.
Zigurat
Construcción escalonada vinculada a un complejo religioso; no era una tumba piramidal.
Ensi / lugal
Títulos sumerios de gobierno cuyo alcance cambió según la ciudad y la época.
Imperio
Poder político que domina territorios y poblaciones diferentes desde un centro gobernante.
Deportación
Traslado forzoso de poblaciones empleado, especialmente por Asiria y , como instrumento imperial.
Fuente primaria
Documento, objeto o resto producido en la época estudiada.
Paralelo literario
Semejanza entre relatos que exige comparación y no demuestra por sí sola dependencia directa.
ORACC, corpus y traducciones académicas de textos cuneiformes.
Las fechas absolutas más antiguas pueden variar según la cronología utilizada. Cuando existe debate, esta unidad emplea aproximaciones o indica expresamente la cronología media tradicional.