La última cuenta
PRÓLOGO
La oscuridad de ya no era un refugio, sino una celda abierta. El polvo conservaba todavía el calor de la jornada y se acumulaba entre los callejones estrechos, adherido a los muros de adobe, a la piel sudorosa y a las plantas de los pies, mientras desde algún punto lejano llegaban el ladrido inquieto de los perros y el rumor apagado del río. A Enki-Mansum no le preocupaban las bestias ni el bochorno de la noche; lo que le helaba la sangre era el sonido irregular de unas sandalias que llevaba demasiado tiempo calcando sus propios pasos.
Apretó contra el pecho el envoltorio de lino que protegía las tablillas. La arcilla aún conservaba cierta humedad y el peso era escaso, pero en aquel momento le parecía cargar con una losa capaz de partirle la espalda. Cada esquina le ofrecía por un instante la vaga esperanza de haber despistado a su perseguidor; cada pocos pasos, sin embargo, reaparecía aquel roce apagado sobre el polvo, siempre constante, siempre a la distancia justa para no mostrar un rostro en la penumbra.
Enki-Mansum había pasado buena parte de su vida entre cargamentos, balances y . Había negociado con mercaderes llegados de regiones que apenas conocía por el nombre, había pesado , discutido el precio de tejidos, aceites o piedras finas, y aprendido hacía tiempo que casi todos los hombres mienten cuando hay ganancia al otro lado de la verdad. Pero nada de aquello lo había preparado para lo que acababa de descubrir. Un error inocente en el archivo del distrito sur, junto al puerto bajo, lo había llevado a tirar de un hilo equivocado: una red invisible de contratos falsificados, deudas inventadas en los registros y sellos de validación espurios que utilizaban la ley para despojar a los ciudadanos libres de sus casas, sus tierras, e incluso para arrancar a sus hijos y entregarlos como esclavos por impagos inexistentes.
Miró hacia atrás por encima del hombro. La calleja parecía vacía, iluminada tan solo por la pálida luz de las estrellas que se filtraba entre las vigas superiores. Entonces, un crujido seco de gravilla a sus espaldas rompió el silencio. Aceleró el paso. El corazón le golpeaba contra las costillas con la violencia sorda de un ariete de bronce.
Bordeó un pequeño patio donde varias cabras dormían apelotonadas contra un muro, atajó por un pasadizo cubierto por troncos de palma y trató de reconstruir en la negrura un itinerario que de día recorría sin pensar. La entrada al debía de estar a pocas calles. Tenía que alcanzarla antes del alba. Si lograba depositar las pruebas ante quienes tuvieran autoridad para intervenir, la verdad saldría a la luz y los estafadores serían devorados por su propio crimen.
Echó a correr. Dobló una esquina a toda prisa buscando una de las entradas que conducían hacia el gran recinto sagrado, pero el callejón murió de golpe contra un muro ciego de ladrillos oscuros.
Se giró con un jadeo ahogado, con los ojos abiertos de par en par por el pánico, justo a tiempo para ver cómo una figura alta, completamente embozada en una túnica de color tierra que se fundía con las sombras, emergía silenciosa de la oscuridad cortándole la única vía de escape. Antes de que el mercader pudiera soltar un grito de auxilio, una mano pesada y fría como la piedra le cubrió la boca por completo, mientras un metal afilado y helado le rozaba la garganta.
Ubicación histórica
Lugar histórico
Momento destacado